A escasas dos semanas de que oficialmente acabe la temporada (30 de junio), la Liga F sigue siendo un sumidero por el que perdemos a valiosas jugadoras. Imaginen un 11 formado por Misa en la portería ; trío de centrales con Rocío Gálvez, Mapi León y Andrea Medina; dos carrileras, Ona y Nerea Nevado; un mediocampo con Tere Abelleira, Alexia y Caroline Weir en posiciones interiores; y en la dupla de ataque, Edna (salió en enero) y Lice Chamorro (a expensas de ver qué pasa con Salma y con Gio, y Jensen del Atlético de Madrid). Este fantástico 11 podría luchar por todo tanto en España como en Europa. Estas jugadoras han salido de la Liga F para recalar en equipos de Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos, entre otros países. Aunque lícito y comprensible, la cuestión es que esta situación no puede seguir así. La Liga F esgrime como (débil) justificación que «es normal que las jugadoras quieran probar otras ligas». Por supuesto que es normal que exista movilidad para generar mercado y diversidad de experiencias personales, amén de que las jugadoras vayan poco a poco mejorando sus condiciones profesionales y económicas. Pero lo que estamos viendo en la Liga F va mucho más allá de un intercambio equilibrado de talento. Cada verano salen futbolistas importantes y, salvo contadas excepciones, no llegan figuras de un nivel similar para compensar esas pérdidas. Durante años se ha hablado de crecimiento, profesionalización, expansión internacional y aumento de ingresos, pero la realidad es que las principales ligas europeas continúan ampliando la distancia económica y deportiva con España. Mientras en Inglaterra, Francia o Estados Unidos, los clubes aumentan inversiones, mejoran infraestructuras y ofrecen proyectos cada vez más atractivos, la Liga F sigue transmitiendo una sensación, no sólo de estancamiento, sino de retroceso. El Rayo Vallecano ya no es un caso aislado de falta de inversión y dejadez del equipo femenino. Este año se ha sumado el Betis, que ha vuelto a descender, es decir, ya está en la tercera categoría. Y qué decir del Levante, un club que en su plan de ahorrar (o no gastar) tras cesar a Emily Lima en el mes de octubre (Santi Triguero estuvo unos partidos), le dio las riendas del equipo a Andrés París, un entrenador sin experiencia procedente del cuerpo técnico del México CF masculino, un equipo de la parte baja del grupo de la Comunidad de tercera RFEF. Resultado: descenso a Primera RFEF. Casos como el de París, que intenta suplir su inexperiencia amparándose de una manera exagerada únicamente en lo mental —importante, sin duda, pero no suficiente—, devalúan claramente el producto. Hace unos días, el hijo de unos amigos me decía que quería entrenar en La Liga F. Le conteste que no tenía experiencia, y me espetó: «la misma que Andrés París. Si él entrena al Levante en La Liga F, entrena cualquiera». Más casos: Mia Garde, directora deportiva del Osasuna femenino, equipo de 1ª RFEF, anunciaba que dejaba el cargo por «los importantes cambios estructurales que se van a llevar a cabo en la entidad», así como «drásticos recortes económicos que afectan a la sección femenina del club de cara a la próxima temporada». Además añadía que «se ha comunicado de manera interna que las jugadoras que finalicen contrato no recibirán propuesta para continuar ligadas a la entidad, no habrá incorporaciones». E, incluso, »futbolistas con contrato en vigor podrían solicitar su salida». La Liga F, en definitiva, sigue regalándonos algunas de las mejores futbolistas europeas , pero cada vez encuentra más dificultades para retenerlas. Tenemos una excelente generación de jugadoras con talento… al servicio de otras ligas; la Liga F española es, pese a quien pese, el proveedor ‘no oficial’ de los mejores equipos del mundo.