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La vida tiene formas misteriosas de enviarnos mensajes cuando estamos en plena búsqueda de respuestas. El pasado domingo, en la paz de la homilía, una luz iluminó mi desasosiego tras presenciar, días antes, cómo la tendencia automática a enjuiciar al otro nos fractura como sociedad. Escuché entonces una lección que resonó con nitidez pedagógica: la invitación a no juzgar según las apariencias, sino a ejercitar el juicio justo.
El sacerdote Reinaldo Trejo, en su homilía dominical profundamente aleccionadora, compartió una enseñanza de libertad y de responsabilidad a través de la historia de dos jóvenes que querían poner a prueba la sabiduría de un gran maestro. Con un pájaro sostenido entre sus manos, le preguntaron si el animal estaba vivo o muerto. La respuesta del maestro fue contundente: «El pájaro está en tus manos, depende de ti».
En nuestra Venezuela actual, esa es la lección que nos urge aprender. Llevamos 27 años inmersos en una crisis que nos ha desconectado de los códigos fundamentales de respeto, solidaridad y amor por el prójimo, llevándonos a señalar con la prisa de quien teme mirar su propio reflejo. Juzgar al otro por su actuar, desanimar o agredir sin comprender su historia, es a menudo un síntoma de nuestra propia enfermedad moral.
Esta desconexión entre lo que vemos y lo que realmente somos se hace especialmente evidente cuando miramos a figuras que, como María Corina Machado, han dedicado su vida al rescate de una sociedad maltrecha. Mientras muchos, desde la comodidad del juicio apresurado, la critican por su firmeza al delimitar quiénes pueden ser parte de este nuevo proceso, ignoran la profundidad de su talante demócrata.
Ella, reconocida internacionalmente por su compromiso con la paz, entiende que no se puede caer en la lógica de despreciar al prójimo. Comprende que la transformación de Venezuela no se logra excluyendo por capricho, sino dejando que la conducta de cada quien —de manera natural, coherente y bajo criterios de meritocracia y lealtad— determine su lugar en este camino hacia la libertad.
Como nos muestra Miguel Ruiz en Los Cuatro Acuerdos, cuando alguien nos juzga o actúa desde la hostilidad, no es un acto contra nosotros; es el reflejo de sus propias creencias limitantes, esas sombras que cargamos desde la infancia y que hoy nos ciegan. No tomárselo como algo personal es el primer acuerdo, y entenderlo no es un acto de pasividad, sino de profunda libertad.
La verdadera rebelión hoy no es el ruido, sino la capacidad de detenernos. Es dejar de enojarnos, de criticar y de enjuiciar por la ceguera ajena, para asumir la responsabilidad de nuestra propia mirada. En nuestras manos está la vida o la muerte del tejido social: podemos seguir aplastando la humanidad del otro con juicios apresurados, o podemos abrir la mano, soltar el peso de nuestra soberbia y permitir que el respeto vuelva a volar. Vivimos entre la oscuridad y la claridad, en una constante tensión de fuerzas encontradas entre el bien y el mal. Recordemos que esta es, en el fondo, una lucha espiritual donde lo social y lo moral están siendo avasallados.
La pedagogía del rescate de la dignidad del SER es la transformación que nuestra nación reclama, y comienza con una ética de la mirada: una que no solo vea, sino que comprenda, dignifique y, por encima de todo, sane. Debemos poner en práctica la capacidad de observar. Cómo decía Sócrates: «Una vida sin examen no merece ser vivida». Es precisamente esa revisión interna lo que nos permite dejar de enojarnos por la ceguera ajena y empezar a construir desde la luz.
Atentamente,
Rosa María López de Marín
MSc. en Educación Emocional