Milagro en la iglesia de La Guaira: “Dios quiso que nos salváramos”

Georgina Mejía, Luis Puello e Israel Tahuicen.Nayeli Cruz

 

El pastor estaba ya terminando la última oración, un pasaje del Antiguo Testamento sobre el perdón y la gracia, cuando el altar comenzó a temblar. La iglesia evangélica Luz del Mundo estaba a medio construir, aún no tenía levantadas las paredes. Entre las vigas, los feligreses vieron cómo todo a su alrededor se derrumbaba. Torres de 12 pisos deshaciéndose como la mantequilla. “La tierra se los tragó de repente”, recuerda Georgina Mejía, una de las asistentes a la misa, sobre los fatídicos minutos que duró el terremoto doble de este miércoles en el norte de Venezuela, con el estado de La Guaira como epicentro.

Por David Marcial Pérez /  elpais.com

Ante el súbito horror, Mejía y otras tres mujeres se quedaron paralizadas: sus familias vivían en esas torres que acababan de desaparecer. Mientras tanto, el techo de la iglesia comenzaba a hundirse. “Las hembras somos hembras, lo dice la Biblia”, continúa Mejía. “Pero Dios quiso que nos salváramos”.

La intercesión divina llegó de la mano del pastor. Israel Tauicen, que había salido corriendo de la iglesia con los primeros temblores, llamó a otro feligrés y entraron in extremis para sacar a las mujeres antes de que el techo se viniera por completo abajo. “No te daba chance de hacer nada porque el piso se movía. Pero Dios es bueno”, continúa Mejía, sentada en un colchón en un parque de Caraballeda, el barrio de La Guaira más afectado por el sismo.

El parque se ha convertido en un improvisado refugio para los damnificados. Una carpa de la Cruz Roja atiende a los heridos, mientras otros rescatistas internacionales —mexicanos, salvadoreños, ecuatorianos— reparten ropa y comida. Las filas de gente superan los centenares. Alrededor del parque, casi todo es ruina y desolación. Las cifras oficiales rondan los 1.000 muertos y los 3.000 heridos. La mayoría en este estado costero de 450.000 habitantes pegado a la capital.

El pastor recuerda que cuando por fin salieron todos los que estaban dentro, se dieron la mano y siguieron rezando. “Había mucho polvo, empezaron incluso a incendiarse algunos edificios caídos. El humo era muy grande, pero le pedimos misericordia a Dios para que cuidara de nuestros familiares”. Mejía sonríe al lado del pastor al contar que sus hijos y su marido están bien porque cuando tembló no se encontraban en casa. El miércoles era fiesta y habían salido a pasear.

El que sí estaba en casa era Luis Pueyo, un conductor de camiones de 52 años. Estaba en la ducha y empezaron los crujidos. Las paredes se juntaron haciendo un triángulo, se posó sobre el espejo que seguía en pie, pero también cayó. Logró salir del baño con una toalla y no lo pensó: saltó desnudo por la ventana del segundo piso de una de una de las torres más altas. “Me tiré sin pensarlo porque lo que tenía encima eran 12 pisos”. Al caer, se hizo añicos la rodilla. Entre el polvo y el caos, avanzó como pudo hasta la iglesia.

El pastor Tauicen lo vio llegar medio moribundo. “Agarré una silla para sentarlo, estaba muy malherido, con sangre en los brazos, en la cabeza, no solo casi en la pierna”. El pastor se quitó la camisa y le hizo un torniquete en la rodilla para cortar la hemorragia. Pueyo no habló siquiera para agradecer al pastor los cuidados: “Estaba en shock”. Sentado sobre una piedra del parque, Pueyo tiene la rodilla vendada y magulladuras por casi todo el cuerpo. Le han dado un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Hace ese calor húmedo y pegajoso de la costa tropical. De aquellos instantes al límite, Pueyo recuerda que “se escuchaba a la gente tapiada gritando, lloros de niños, olor a quemado”.

Hay zonas del barrio de Caravalleda, popular y muy cerca del mar, que son un solar. De repente, sigue en pie tan solo la puerta de una urbanización, una piscina con azulejos azules o una canasta de baloncesto. El resto es todo un amasijo de hierros y cemento. La esposa de Pueyo iba en el camión rumbo a Caracas, a unos 40 minutos, cuando empezó el temblor. Todo se detuvo y ella volvió a su barrio. Ahora está sentada en otra roca del parque junto a su marido. Dice que necesitan ropa y colchones. “Pero colchones limpios, ahí acabo de tirar uno porque olía a muerto, tenía al muerto montao”.

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Author: Pablo Perez