‘Knicks win! Knicks win!’ ‘Los Knicks han ganado. Era algo que muchos en Nueva York habían perdido la esperanza de volver a escuchar. Pero sonó por toda la Gran Manzana este sábado por la noche, madrugada del domingo en España. Locura, éxtasis, desorden en las calles neoyorquinas, en el calor de una noche húmeda, para recordar. En el quinto partido de las series finales de la NBA, el equipo neoyorquino se impuso 94-90 a los Spurs de San Antonio y cambió, para bien, el rumbo de su existencia desgraciada en las últimas décadas. Ganaron la final a siete partidos por 4-1. Nueva York explotó en una fiesta que ha tardado más de medio siglo en volver: los Knicks no ganaban desde 1973 . Ahora vendrán los análisis de cómo los Spurs tiraron las finales, un partido tras otro, de manera sonrojante, con la única excusa de su bisoñez. Pero en las inmediaciones del Madison Square Garden, con los bares a reventar, custodiados por agentes para que nadie más pudiera entrar, eso daba igual. «He esperado tanto tiempo para esto, no me lo puedo creer», decía Larry, un veterano del Bronx, venido hasta aquí para ver al equipo de sus amores ganar cerca de su casa. El partido fue en San Antonio, pero las calles alrededor del Madison Square Garden estaban inundadas de seguidores. En aquellas en las que se podía circular, porque la policía cerró varias calles y avenidas para evitar disturbios. Una empresa compleja. En una fiesta en la calle 28, a seis manzanas del estadio, cientos de personas se arremolinaban en una terraza alrededor de una pantalla. Cientos más en la acera, donde solo podían entender lo que ocurría por los gritos de los que veían algo. Hubo erupciones cuando Dylan Harper, uno de los jóvenes talentos de los Spurs, falló una bandeja. Cuando el neoyorquino Mitchell Robinson le robó un rebote clave a Victor Wembanyama, el joven prodigio que será jugador de época, pero que ha vivido una frustración tras otra en estas finales. O cuando el francés falló un triple que pudo cambiar el partido. Y estalló del todo cuando OG Anunoby, un británico que ya ha hecho historia en la NBA en esta final, metió el tiro libre que selló la victoria para los Knicks. En esta terraza -y en todo Nueva York- la gente saltaba, se abrazaba, gritaba, ‘It’s New York, baby’, ‘Knicks in 5’ (‘los Knicks ganan en cinco partidos’)… Se caían, literalmente, el lugar, que acabó destrozado. Las autoridades, empezando por su alcalde, Zohran Mamdani , habían pedido calma a la gente. En anteriores partidos de los Knicks durante los ‘playoff’ y las finales, varias fiestas de visionado del partido en los alrededores acabaron con disturbios, destrozos y decenas de detenidos. En la calle 28, la situación se tensó pronto. Decenas de jóvenes, extasiados, se subieron a los coches aparcados, destrozando los techos. Una montaña humana escaló a un camión de comida, que está por ver si podrá repartir algo esta semana. Pronto hubo carreras, enfrentamientos con la policía, intento de superar las barreras valladas, con miles de agentes desplegados en toda la ciudad ante la posibilidad de que la celebración se descontrolara. El temor de muchos es que acabe con disturbios, saqueos y violencia, algo habitual en los triunfos deportivos en muchas ciudades de EE.UU. El héroe de la noche fue Jalen Brunson, el base de los Knicks. Es un jugador maravilloso, que siempre acaba con buenos números, pero que no había explotado en estas finales. Se lo guardó todo para el quinto partido: anotó 45 puntos, imparable. Wembanyama, al contrario, tuvo una actuación discreta. Se fue a 19 puntos y solo anotó uno de los seis triples que intentó. Peor estuvo Stephon Castle, otro joven talento, con un lamentable 10% en tiros de campo y solo seis puntos. Algo similar a lo del veterano De’Aaron Fox (3 de 15 en tiros, 7 puntos). Pese a la actuación discreta de sus estrellas, los Spurs pudieron ganar. El novato Harper, con 25 puntos, los mantuvo en un partido que San Antonio volvió a tirar. En el tercer cuarto, llegaron a tener una diferencia de 16 puntos. Entre fallos y nerviosismo, la dilapidaron. Y en el final, Nueva York siempre creyó más. Esa ha sido la historia de las finales. En el primer partido, los Spurs tiraron una ventaja de 14 puntos. En el segundo, perdieron cuando Wembanyama cometió un error infantil y fatal -pasó la pelota a Castle, que no estaba mirando- que provocó la derrota. En el tercero, el primero de la serie disputado en Nueva York, ganaron. Y en el cuarto, fue el histórico descalabro de los Spurs, que permitieron la mayor remontada en unas finales de la NBA: ganaban por 29 puntos en el tercer cuarto y acabaron abajo. Los Spurs se empeñaron en perder y perdieron . «Esta es la mayor lección de mi vida, mi mayor momento de aprendizaje», dijo Wembanyama, tratando de ocultar la furia, tras el final. «Estoy aprendiendo más que en cualquier momento de mi vida», añadió el gigante francés, el más odiado en las calles de Nueva York, donde repetían los insultos contra él. Los Knicks creyeron que podían ganar y ganaron. Nueva York se fue de fiesta, en una celebración muy especial. Entre las decenas de miles de personas vestidas con el azul y naranja de los Knicks aparecían el amarillo de Brasil y el rojo de Marruecos. Las finales de la NBA han colisionado con el Mundial y poco antes del partido de los Knicks se jugó en Nueva Jersey -que comparte sede mundialista con Nueva York- el Brasil-Marruecos, quizá el partido más interesante de la primera fase. Pero algo es seguro: Nueva York no pensaba en el Mundial en esta noche tropical de verano, la noche que volvió a ganar.