
La muerte de Ramiro Valdés este domingo no solo marca el final de uno de los fundadores del castrismo. Para Venezuela, representa la desaparición de una figura que durante años fue señalada como el principal operador de la penetración cubana en áreas sensibles del Estado chavista, desde los organismos de inteligencia hasta los sistemas de identificación, telecomunicaciones y vigilancia política. Valdés fue durante décadas uno de los hombres más poderosos del régimen cubano y encabezó la Seguridad del Estado creada tras la llegada de Fidel Castro al poder.
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Cuando Hugo Chávez anunció en 2010 la llegada del dirigente cubano para atender la crisis eléctrica venezolana, pocos creyeron que su papel se limitaría al sector energético. Desde entonces, distintos analistas, exfuncionarios y sectores de la oposición sostuvieron que su verdadera misión consistía en profundizar la influencia de La Habana sobre las estructuras de control del chavismo.
Para muchos venezolanos, Valdés fue el rostro visible de un proceso que comenzó con el Convenio Integral Cuba-Venezuela firmado por Castro y Chávez en el 2000 y que permitió el desembarco de miles de asesores cubanos en instituciones estratégicas del país. Con el paso de los años, esa cooperación dejó de limitarse a médicos o técnicos y se trasladó hacia áreas mucho más sensibles para la permanencia del chavismo en el poder.
Diversas denuncias atribuyeron a Valdés un papel clave en la penetración cubana dentro de organismos de inteligencia, sistemas de identificación ciudadana y plataformas tecnológicas utilizadas para monitorear a la población. Su experiencia no era casual: fue uno de los creadores de la Seguridad del Estado cubana y posteriormente dirigió áreas vinculadas a las telecomunicaciones y la informática en la isla.
Bajo su influencia, el chavismo avanzó hacia mecanismos de control cada vez más sofisticados. Durante años, sectores opositores denunciaron que asesores cubanos tuvieron acceso a bases de datos estratégicas de los venezolanos y participaron en proyectos vinculados a la identidad digital, el monitoreo de información y la vigilancia política.
Uno de los nombres que más apareció en esas denuncias fue el de Albet S.A., empresa estatal cubana que recibió contratos millonarios para desarrollar sistemas tecnológicos en Venezuela. Sus críticos sostuvieron que esos convenios no solo implicaban enormes desembolsos de dinero público, sino también la cesión de información sensible a La Habana.
La influencia cubana también se proyectó sobre el Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria (Cesppa), creado por Nicolás Maduro en 2013 para centralizar información procedente de todos los organismos de inteligencia y seguridad. El exdirector de Delincuencia Organizada y Financiamiento al Terrorismo, Gyoris Guzmán, llegó a afirmar que el régimen cubano ejercía un importante nivel de control sobre los flujos de información manejados por esa estructura.
El Cesppa fue concebido para procesar datos sobre cualquier asunto que pudiera afectar la estabilidad del régimen chavista. Para sus detractores, era la versión venezolana de los mecanismos de vigilancia desarrollados durante décadas por la inteligencia cubana. No por casualidad, una de las primeras decisiones adoptadas tras la caída de Maduro fue la eliminación formal de ese organismo.
Pero la influencia de Valdés no se limitó a los sistemas de inteligencia. Su nombre también apareció vinculado a operaciones financieras y acuerdos opacos entre Caracas y La Habana. Uno de los episodios más reveladores ocurrió en 2016, cuando el entonces presidente de Pdvsa, Eulogio Del Pino, tuvo que dirigirse directamente a Valdés para gestionar la liberación de fondos venezolanos depositados en un banco cubano, un hecho que para muchos ilustró el nivel de poder que había acumulado el dirigente comunista sobre asuntos estratégicos para Venezuela.
Por eso, más que un funcionario cubano, Valdés terminó siendo visto como una especie de “virrey” del castrismo en Caracas. Mientras Chávez y posteriormente Maduro concentraban la atención pública, él operaba en las sombras consolidando la presencia cubana en las estructuras más sensibles del Estado venezolano.
Su fallecimiento ocurre además en un momento en el que buena parte de esas estructuras están siendo desmontadas o revisadas tras la captura de Maduro y el proceso de transición impulsado bajo supervisión de Washington. Sin embargo, para sus críticos, el legado de Valdés sigue presente en muchos de los mecanismos de vigilancia, control y represión que marcaron más de dos décadas de chavismo.
La desaparición física del histórico comandante cubano no borra la huella que dejó en Venezuela. Para quienes denunciaron durante años la injerencia de La Habana, Ramiro Valdés fue mucho más que un asesor extranjero: fue el hombre que ayudó a convertir al chavismo en una versión tropicalizada del modelo de control político construido por los Castro en Cuba.
