Una noche en la locura de Nueva York con los Knicks: «La ciudad necesita esto»

En este junio neoyorquino, con atardeceres de postal y noches deliciosas que nadie quiere que acaben, cada pantalla de televisión es una fiesta. Los Knicks han llegado por fin a la final de la NBA y la ciudad ha explotado. «El color naranja y azul me corre por las venas», dice Morgan, rodeada de gente en Putnam Armory. Es un bar cualquiera de Bed-Stuy, un barrio negro de Brooklyn. Un lugar por lo habitual tranquilo, con parroquianos que mordisquean alitas de pollo y beben cerveza o margaritas picantes, la especialidad de la casa. Pero hoy es el primer día de la final contra los Spurs de San Antonio: falta una hora para el partido y ya ni se cabe, ni se puede pedir. «La ciudad necesita esto», dice sobre la final Morgan, que lleva la camiseta de una leyenda local, Patrick Ewing. No está claro si Nueva York necesita la victoria para olvidar otras penas: los alquileres disparados, los precios imposibles, la sensación de que la vida aquí no mejora; o si se refiere a la sequía espantosa que sufre el baloncesto de Nueva York: la última vez que llegó a la final fue en 1999 — también contra los Spurs — y su último anillo se remonta a 1973. En Brooklyn, los bares y las terrazas están tomados por las televisiones con el partido y el azul y naranja de las camisetas. Una marabunta de toda ralea —jóvenes universitarios, familias negras— se desparrama en el patio de Habana Outpost, un restaurante cubano cerca del centro. El muro lateral del edificio contiguo se ha convertido en pantalla y ruge la parroquia con el salto inicial en San Antonio, donde empieza la serie. «Aquí es donde deben estar los Knicks, esto es Nueva York, ‘baby’», proclama Akeem, que se declara también seguidor del Real Madrid. Cerca de allí está la oficina del fan más célebre de los Knicks, Spike Lee. El director de cine ha viajado a Texas con el resto de la ‘troupe’ de celebrities de los Knicks, comandados por Timothy Chalamet, que no se ha perdido un partido de los ‘playoff’. Y todavía más cerca, FancyFree, al que muchos conocen como ‘el bar de Mamdani’. El alcalde de la ciudad, el joven socialista Zohran Mamdani, es hincha del Arsenal y vio aquí la final de la Champions League. Avanza el primer cuarto, los Spurs toman ventaja y el lugar estalla, no se puede pasar ni por la acera. Se mezclan los gritos de la gente con el estruendo de un grupo de moteros negros que aparcan en frente. En segunda fila, un grupo de amigos han colocado su autobús-limusina junto a la fiesta. Beben tragos, miran el partido en su propia pantalla y gritan a los de fuera. «Esto está hecho, esto es Nueva York, no nos lo va a quitar nadie», dice DeRay, con su humanidad enorme despatarrada en la limusina. Asegura que va a ir al tercer partido de la serie, el primero en el Madison Square Garden, el próximo lunes. ¿Va a pagar esa millonada? «No, tengo amigos», responde con misterio. Antes de acabar la conversación, aparece la policía y les pide que saquen la limusina de ahí. Rumbo a Manhattan, por el coqueto Boerum Hill, un fortín del progresismo caviar de Nueva York, el brillo del partido en la televisión se escapa por las ventanas de los ‘brownstones’ —las clásicas casas de fachada de piedra— suntuosos, a varios millones de dólares. Una parada más en la calle Smith, donde la calzada está inundada de gente que ya no entra ni en la acera de Wing Bar, un garito formidable. «Han empezado a venir tres horas antes del partido», dice Brian, el dueño. Un poco más allá, decenas de seguidores se concentran alrededor de un coche con el maletero abierto, delante de una pizzería. Tiene el maletero abierto y tomado por una pantalla con el partido, el faro que todo el mundo sigue. Luis y Randy son muchos entre quienes no habían nacido la última vez que los Knicks llegaron a una final, cuando las Torres Gemelas todavía seguían en pie. «Mi papá me hizo de los Knicks», cuenta Luis, que tiene un plan para ir al partido en el Madison el lunes. «Las entradas más baratas están a ocho mil dólares y arriba del todo. Pero tengo mi dinero apostado en este partido y si ganamos, iremos. Solo le pido a Dios que ganemos». En el descanso, eso no está tan claro. En el tercer cuarto, con ventaja de 14 puntos para los Spurs, todavía menos. Pero hay alguien que lo ve claro. Una vidente, Nicole, tiene su propia fiesta de los Knicks delante de su consulta en la misma calle Smith. Ofrece leer el futuro en asuntos de amor por diez dólares. Su marido, Rick, asa hamburguesas y perritos delante de su pantalla en la acera y ofrece, además de un bocado, la información confidencial de su esposa: «Tenemos a una vidente en la casa, ganan los Knicks, esto es un espóiler», asegura. Al cruzar el puente de Brooklyn, antes de desembarcar en Manhattan, el imponente ‘skyline’ de la Gran Manzana está tomado por el azul y el naranja. Desde el Empire State al nuevo rascacielos de JPMorgan Chase, visten los colores de los Knicks. Al nivel del suelo, en una acera del Lower East Side, tres amigos han colocado un proyector con el partido. Uno de ellos, Andre, dice que no es de los Knicks, pero que va con ellos. Claro, porque si ganan al menos habrá una buena fiesta, ¿no? «Eso es lo que me da miedo», responde. El temor se entiende al llegar a los aledaños del Madison Square Garden, en la calle 34. Hace horas que la policía no deja pasar a nadie a la fiesta de visionado del partido organizada por los Knicks. En anteriores rondas de los ‘playoffs’, estas fiestas se suspendieron por los disturbios que se registraron después. La ciudad ha dado permiso para el de hoy, y lo mantendrá para siguientes partidos en función de lo que pase. El alcalde Mamdani hace una aparición breve, en su coche oficial, saludando por la ventana al gentío. Los Knicks remontan y hay una mezcla de júbilo y tensión. Estalla un rugido con el pitido final y la victoria de Nueva York. ‘Knicks in four’ (‘Los Knicks ganarán en cuatro partidos’, es decir, barrerán a los Spurs), ‘fuck Wemby’ (‘que le jodan a Wemby’, en relación a Victor Wembanyama, la joven estrella rival). «¡Somos los putos Knicks, no nos va a parar nadie, ¿entiendes?», grita a la cara un aficionado cuando se le pregunta por sus sensaciones. Vuelan algunas botellas de cristal, con cordones policiales por todos lados. La alegría y el caos toman las calles de alrededor, con el tráfico cortado, con chavales subiéndose a las ambulancias que tratan de salir de allí. La noche se cierra con algunos arrestos. Pero lo que se impone es una sensación de entusiasmo en toda la ciudad: los Knicks han vuelto.

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Author: Pablo Perez