Venezuela: El error de creer que el problema es económico, por Alfonzo Bolívar

Mientras algunos analistas observan las cifras petroleras, los contratos mineros y los acuerdos económicos como indicadores de una supuesta recuperación venezolana, la realidad dentro del país cuenta una historia muy distinta.

La principal equivocación que se está cometiendo hoy sobre Venezuela es asumir que el problema es económico.

No lo es.

El problema de Venezuela sigue siendo fundamentalmente político y administrativo.

Durante años, muchos han pensado que un aumento de la producción petrolera, la flexibilización de sanciones o la llegada de nuevas inversiones serían suficientes para estabilizar el país. Sin embargo, ninguna economía puede prosperar cuando las estructuras de control político permanecen intactas.

La evidencia está a la vista.

Millones de venezolanos continúan enfrentando fallas constantes de agua, electricidad, transporte, combustible y servicios básicos. Diversos estudios siguen señalando que la calidad y continuidad de estos servicios continúa siendo uno de los principales problemas que afecta a la población.  

El poder silencioso de los “ñángaras”

Existe un fenómeno que muchos observadores internacionales no logran comprender.

Aunque algunas figuras visibles del poder han cambiado o se han reacomodado, gran parte de la estructura operativa del Estado sigue bajo control de cuadros ideológicos formados durante décadas de socialismo.

Los venezolanos suelen referirse a ellos coloquialmente como los “ñángaras”: militantes, simpatizantes o funcionarios profundamente identificados con las doctrinas de izquierda que durante años ocuparon posiciones estratégicas dentro de ministerios, empresas públicas, gobernaciones, alcaldías y organismos del Estado.

Son ellos quienes en muchos casos mantienen el control operativo de los servicios públicos.

Controlan sistemas eléctricos.

Controlan sistemas hidráulicos.

Controlan organismos reguladores.

Controlan estructuras administrativas.

Y, en consecuencia, conservan una enorme capacidad de influencia sobre la vida cotidiana de millones de ciudadanos.

Un pueblo que pasa horas buscando agua, haciendo colas, enfrentando apagones o intentando sobrevivir a la inflación tiene menos tiempo, energía y capacidad para organizarse políticamente.

La desesperación cotidiana termina convirtiéndose en una herramienta de control social.

Estados Unidos mira los negocios; los socialistas miran el poder

Mientras Washington concentra buena parte de su atención en los acuerdos petroleros, los proyectos mineros y las oportunidades de inversión que podrían beneficiar tanto a Venezuela como a Estados Unidos, sectores del socialismo venezolano continúan trabajando sobre una lógica completamente distinta.

Ellos entienden que el poder político no se conserva únicamente mediante elecciones.

Se conserva mediante el control institucional.

Se conserva mediante el manejo de los servicios.

Se conserva mediante la construcción de narrativas.

Se conserva mediante la capacidad de administrar la crisis.

Por eso resulta peligroso interpretar cualquier apertura económica como una señal automática de democratización.

La historia demuestra que regímenes con orientación autoritaria pueden permitir negocios, inversiones y crecimiento parcial sin renunciar al control político.

La narrativa que viene

Durante los próximos meses podría consolidarse una narrativa cuidadosamente diseñada para responsabilizar a factores externos de todos los problemas internos.

Escucharemos que la inflación es culpa de Estados Unidos.

Que los apagones son consecuencia de decisiones extranjeras.

Que las dificultades económicas provienen exclusivamente de sanciones.

Que la producción petrolera beneficia únicamente a intereses internacionales.

Que los problemas sociales son consecuencia de factores externos.

Esta narrativa busca algo muy específico: preservar la cohesión política de quienes todavía respaldan el modelo socialista y desplazar la responsabilidad de los problemas estructurales.

El reloj político corre hacia 2027

Mientras el gobierno dice sí a múltiples iniciativas y mantiene abiertas conversaciones con distintos actores internacionales, su principal objetivo parece ser ganar tiempo.

Tiempo para reorganizar estructuras.

Tiempo para reconstruir legitimidad.

Tiempo para sobrevivir al calendario político estadounidense.

Tiempo para observar el resultado de las elecciones de medio término en Estados Unidos.

No puede descartarse que, una vez superado ese ciclo político norteamericano, se impulse una nueva dinámica electoral en Venezuela que incluya elecciones presidenciales y regionales adelantadas o reconfiguradas para 2027.

La actividad política de numerosas figuras vinculadas al oficialismo y a distintos sectores de oposición ya refleja movimientos que parecen más propios de una campaña electoral que de un proceso de transformación institucional profunda.

El riesgo de una nueva ola migratoria

La experiencia reciente debería servir como advertencia.

Cuando coinciden deterioro de servicios públicos, inflación acelerada, pérdida del poder adquisitivo y falta de confianza institucional, el resultado suele ser predecible: migración masiva.

Venezuela ya produjo uno de los mayores desplazamientos humanos de la historia contemporánea de América Latina, con cerca de ocho millones de venezolanos fuera del país.  

Pensar que ese fenómeno no puede repetirse sería un grave error.

Un país donde la población pierde acceso estable a electricidad, agua, empleo y expectativas de progreso se convierte en una bomba social de tiempo.

El error de subestimar la cultura política socialista

La Administración Trump y muchos sectores de la política estadounidense han demostrado una comprensión profunda de los aspectos económicos y geopolíticos de Venezuela.

Sin embargo, existe un elemento que con frecuencia es subestimado: la naturaleza cultural e ideológica del socialismo venezolano.

No se trata solamente de una estructura administrativa.

Se trata de una cultura política construida durante décadas.

Una cultura basada en el resentimiento social, la dependencia del Estado, la confrontación permanente y la preservación del poder como objetivo superior.

Mientras algunos negocian inversiones, otros siguen organizando estructuras de control político.

Mientras unos hablan de negocios, otros siguen hablando de poder.

Una salida diferente

La estabilización de Venezuela requiere algo más profundo que acuerdos económicos.

Requiere reconstruir instituciones.

Requiere recuperar la meritocracia.

Requiere profesionalizar los servicios públicos.

Requiere abrir espacios a nuevos liderazgos.

Requiere crear garantías electorales reales.

Y requiere incorporar a sectores independientes de la sociedad civil, empresarios, académicos, profesionales y ciudadanos que no forman parte de las estructuras políticas tradicionales que han dominado el país durante más de seis décadas.

La solución no pasa únicamente por producir más petróleo.

La solución pasa por construir un nuevo modelo de gobernabilidad.

Una transición ordenada podría contemplar mecanismos institucionales temporales que permitan estabilizar los servicios públicos, recuperar la confianza ciudadana y generar condiciones para procesos electorales verdaderamente competitivos y transparentes.

La lección es sencilla:

Un país puede sobrevivir con dificultades económicas temporales.

Lo que no puede soportar indefinidamente es un sistema político que utiliza la crisis como mecanismo de control.

Y mientras el mundo observa los números del petróleo, el verdadero desafío venezolano continúa siendo el mismo de siempre:

quién controla el poder y para qué lo utiliza.

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Author: Pablo Perez