Se pueden contar con los dedos de una mano la cantidad de veces que Zaza Topuria ha hablado con un medio de comunicación. Es un hombre reservado, poco amigo de los focos, un tipo de mirada limpia y hablar calmado, alguien que siempre ha estado ahí para sus hijos, un gran padre de familia. En la distancia corta, logra abrirse un poco más, especialmente con un servidor que ya le ha tratado en numerosas ocasiones. Es un caballero, un señor con todas las letras, alguien capaz de todo por lo suyos y, por si no lo sabían, es, además, el padre del doble campeón mundial de la UFC , Ilia Topuria, y de su hermano, también luchador de la compañía y entrenador del mismo, Aleksandre Topuria. Detrás del fenómeno mundial de Ilia Topuria y de la irrupción de Aleksandre Topuria hay una historia menos conocida, marcada por el exilio, los sacrificios y la paciencia silenciosa de sus padres. En el centro de ese recorrido aparece Zaza Topuria, un hombre de carácter sereno, que nunca buscó protagonismo, que siempre se mantuvo a una distancia prudente, pero cuya influencia atraviesa toda la carrera de sus hijos, por supuesto junto a su mujer, Inga, otro de sus pilares fundamentales. La familia Topuria procede de Georgia y sufrió las consecuencias del conflicto en Abjasia durante los años noventa. Como miles de familias georgianas desplazadas por la guerra y la inestabilidad en la región, Zaza e Inga tuvieron que abandonar su hogar y buscar refugio fuera de su país. Alemania fue el primer destino. Allí, en Halle, nacieron Aleksandre e Ilia. Aquella primera emigración no fue una aventura económica ni una decisión planificada a largo plazo. Fue supervivencia . En torno a Zaza siempre ha existido una imagen de hombre duro, disciplinado y físicamente fuerte, con experiencia militar, que siempre trató de trasladar a sus hijos una educación basada en la resistencia, la disciplina y la capacidad de soportar la incomodidad. Después de varios años en Alemania, la familia regresó a Georgia cuando los niños todavía eran pequeños. Allí, los hermanos comenzaron a practicar lucha grecorromana , una disciplina profundamente arraigada en la cultura deportiva georgiana. Zaza observaba desde atrás, sin grandes discursos, empujando más con el ejemplo que con las palabras. -¿Se veía venir desde pequeño que eran unos talentos extraordinarios? –le preguntamos a Zaza Topuria–. -Sí, se veía venir que eran diferentes –responde en conversación exclusiva con ABC–. Eran niños con talentos especiales, pero llegar tan lejos como han llegado nunca lo pensé. Gracias a Dios, con tanto talento y tanto trabajo hicieron lo que han hecho. Pero la situación en Georgia seguía siendo inestable y las oportunidades escasas. A comienzos de la década de 2010, Zaza e Inga tomaron otra decisión drástica: emigrar nuevamente, esta vez a España. Alicante apareció como una posibilidad de empezar de cero. El movimiento fue tan duro como arriesgado. Primero viajaron los padres, dejando temporalmente atrás a sus hijos mientras intentaban asentarse y encontrar trabajo. Durante ese periodo vivieron con incertidumbre económica, empleos precarios y la presión emocional de construir una vida nueva lejos de casa. Cuando finalmente pudieron reagrupar a Aleksandre e Ilia en España, comenzó otra batalla. Los hermanos trabajaron en playas colocando hamacas y encadenaron pequeños empleos mientras entrenaban en el Climent Club. Pero detrás de esa rutina seguía apareciendo la figura silenciosa de Zaza, junto a Inga: siempre cerca, aunque prudentemente apartado del foco. -¿Cuánto han tenido que sacrificar para que sus hijos estuvieran donde están? -Todo el mundo sabe que cuando vas a un país extranjero, siempre es difícil, hay que conseguir muchas cosas: hay que aprender el idioma, conseguir papeles, hay que vivir, hay que trabajar mucho y eso es complicado, pero gracias a Dios hemos superado todo eso y estamos donde teníamos que estar. La realidad es que, después de muchos años de arduo entrenamiento, Ilia Topuria, junto a su hermano Aleksandre en su esquina, logró proclamarse campeón del mundo de la UFC en febrero de 2024. Ese mismo año defendió su título y, en junio de 2025, conquistó un segundo título mundial, esta vez en el peso ligero. Ahora, Zaza Topuria ha estado presente durante todo el campamento de entrenamiento para su combate en la Casa Blanca, que ha tenido lugar en Miami. «Para mí, como seguidor de este deporte, es como ver el entrenamiento del Real Madrid en el fútbol. Lo disfruto mucho, pero también sufro mucho, porque no puede comer lo que quiere, se puede hacer daño, pero realmente es muy bueno vivir todo esto», cuenta el progenitor. En el horizonte, la pelea más simbólica de la carrera profesional de Ilia Topuria, con la oportunidad de defender su cetro en el centro neurálgico de poder estadounidense ante un luchador local, Justin Gaethje, campeón interino del peso ligero. ¿Cómo lo vive Zaza Topuria? «Lo vivo prácticamente como ellos, como dice Ilia, acudimos a la competición para recoger el cinturón. Yo sé todo lo que han sacrificado para llegar a esto, estoy tranquilo, sí que hay muchas emociones, pero intento mantenerme tranquilo», señala el ‘capitán’ de la saga Topuria. -¿Qué se siente al ver a su hijo ser doble campeón mundial de la UFC? -Cuando pienso dónde estoy, y quién es mi hijo, tengo mucho orgullo, porque lo que ha hecho este chaval es increíble, el trabajo que ha realizado, es algo muy diferente. Lo cierto es que, si hay un orgullo que pueda superar el ser padre de un doble campeón mundial, es el de ver a sus dos hijos luchando en el mismo octágono, el de la vida. Siempre juntos, pese a sus diferencias. Siempre uno en la esquina del otro. « No solamente se apoyan en la esquina, en la vida también están en la esquina uno del otro . La gente ve lo buenas personas que son y lo que trabajan, pero también cuando no se ve ellos se llaman, se apoyan, es una relación especial. Son hermanos y siempre han estado el uno para el otro», sentencia Zaza Topuria. Quienes siguen la trayectoria de la familia describen a Zaza como un hombre pausado, de pocas palabras y gestos medidos. No es el típico padre omnipresente que invade entrevistas o monopoliza cámaras. Prefiere mantenerse a un lado del octágono, observando. Esa distancia prudente se convirtió casi en una filosofía familiar: apoyar sin asfixiar, acompañar sin tener protagonismo. Tal vez por eso, cuando Ilia habla de fortaleza mental y de resistencia ante la adversidad, muchos entienden que parte de esa identidad nació mucho antes de la UFC. Se forjó en los viajes, en los trabajos humildes, en los cambios de país y en la figura tranquila de unos padres que aprendieron a sobrevivir y ser respaldo vital sin hacer ruido.