'Blues' en Little Italy: un día en el Mundial más triste para los 'azzurri' de América

Franco Iudiciani no permite que se dude de su pasión por el fútbol. Habla desde la puerta de Cantina Italiana, donde es jefe de sala. «El restaurante italiano más viejo de Boston», proclama Iudiciani, aunque seguro que hay un par más que dicen lo mismo. Estamos en el North End , el ‘Little Italy’ de Boston, el barrio italiano más emblemático de EE.UU. El enclave vive este mes de junio en depresión: el Mundial ha venido a su casa, pero sin el equipo de sus amores, sin Italia, sin los ‘azzurri’ . Iudiciani saca su teléfono y muestra una imagen con la portada del ‘Boston Globe’ del 12 de julio de 1982, un día después de que Italia ganara su tercer Mundial, en aquella final de los aspavientos efusivos del presidente Sandro Pertini. Él aparece en la foto del legendario periódico de Boston, saltando entre el gentío que tomó las calles del North End, con rizos juveniles, exultante. Incluso el reportero habló de él en su artículo. «Franco Iudiciani, con más de 90 kilos de músculo, llevaba un lazo rojo, blanco y verde en el pelo, tiraba champán barato en las cabezas de sus amigos, se subía a gente que no era apenas capaz de sostenerle y aseguraba que era el día más feliz de su vida desde que le aceptaron en Harvard hace dos años», se lee en el texto. No sabemos cuántas vueltas ha dado la vida de Iudiciani desde Harvard hasta este restaurante lleno de turistas. Pero sí sabemos que él y el resto de la comunidad italoamericana mira con melancolía esos tiempos. Y otros más cercanos: el Mundial de 2006 , con victoria italiana contra pronóstico; o la Eurocopa de 2020, la de la pandemia, que se jugó al año siguiente. El Mundial aquí está apagado. Es la tercera vez consecutiva que Italia no se ha clasificado para la gran cita de un deporte del que es potencia histórica. Además de esas victorias de 2006 y 1982, Italia ganó la segunda y tercera edición del Mundial, 1934 y 1938, ambos bajo la influencia de Benito Mussolini, el primero en descubrir y utilizar el valor político del fútbol en la plebe. En los Mundiales bajo el ‘Duce’, Cantina Italiana ya servía comidas aquí, en la calle Hanover, el centro neurálgico del North End. También hacía ya décadas que, a la vuelta de la esquina, se publicaba ‘La Gazzetta del Massachusetts’. Lo fundó James Donnaruma, un joven inmigrante de Salerno, en 1896. «La gente aquí sigue mucho el fútbol», dice su nieta y actual dueña y editora del semanal, Paola Donnaruma, que especula con la posibilidad de ser familia de Gianluigi Donnarumma , el portero, el que estuvo en el equipo ganador de esa Eurocopa. «Aquí vienen italianos de todas las partes. Cuando ganábamos en fútbol, la calle se llenaba de fiesta», cuenta. «Ahora siguen viendo el Mundial, pero están tristes». «Muy tristes», refuerza Vincent Santaniello, un arquitecto que se acaba de tomar una copa en Stanza Dei Sigari, un bar subterráneo donde se fuman puros. Recuerda a «todo el mundo en la calle» en aquel Mundial con el cabezazo de Zidane a Materazzi. Pero advierte que el fútbol no es el principal deporte aquí. «Es el béisbol y el hockey», asegura. Otros, como los veteranos hermanos Bennet y Richard Molinari, aseguran que el North End es distinto a todo lo demás: «En otros lados de Boston, lo que más gusta es el fútbol americano. Aquí es el ‘soccer’». «Los echamos de menos, nos quedamos en ‘schock’», dice Albi, desde su tienda de comestibles, rodeado de fruta de temporada y de pastas y conservas de Italia. Habla de los ‘azzurri’, en especial en un momento como este, cuando el Mundial llega a su fase crítica, a las rondas finales. Es el territorio en el que debería moverse Italia. Pero no parece que nadie deje de dormir aquí porque el equipo de sus amores se haya quedado fuera de un Mundial por tercera edición consecutiva. Ni siquiera ocurre al otro lado del Atlántico . «Cuando nos quedamos fuera de 2018, fue un drama», explica Fabio Licari, enviado especial al Mundial de ‘La Gazzetta dello Sport’, el gran diario deportivo italiano. «La segunda vez, ya hubo un poco de resignación. En la tercera la gente ya lo ha tomado como nuestro destino, como que no somos tan buenos. No fue tan dramático como las primeras dos veces. Como si fuera normal», agrega, aunque a él mismo le cueste creer lo que dice. De vuelta en la puerta de Cantina Italiana, Iudiciani tiene su propia interpretación de cómo vive su comunidad este Mundial sin Italia. «Lo que pasa es que amamos este deporte porque nosotros lo inventamos», dice con mucha gracia y con un acento que, perdón por el cliché, le hubiera ganado un papel en ‘Los Soprano’. «Pensamos que les podíamos echar una mano al resto de países y no participar en un par de Mundiales. Así que estamos viendo cómo otros países juegan a nuestro deporte y nosotros estaremos sin duda en el próximo Mundial». La mayoría de los vecinos con los que habla este periódico eligen a EE.UU., que también en su país, como el otro equipo al que apoyar (la excepción es Santaniello, el arquitecto, que grita «¡España!»). «Yo iba con EE.UU. hasta que se metió Donald Trump , no estoy de acuerdo en lo que hizo», dice sobre la intervención del presidente de EE.UU. para suspender una sanción a un jugador de la Selección de su país. ¿Y algún equipo que no quiere que gane? «Prefiero no contestar», dice, aunque uno sospecha la respuesta. «Debe ser diplomático, podrían ser nuestros clientes».

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Author: Pablo Perez