Pese a que insistan en repetirlo cual yacos los exegetas de Mounir Nasraoui, a la final no nos han conducido Lamine y diez más, como presagiaban antes del Mundial, sino todos menos Yamal. La publicidad está muy bien y en España tenemos unos creativos fantásticos, casi a la altura de los argentinos, que para mí son los mejores, pero es de justicia advertir previamente al receptor de que lo que va a ver, leer u oír a continuación tiene fines comerciales. Una cosa es la propaganda y otra bien distinta el periodismo. Imagino que fue por el marketing, que no por la información, por lo que un comentarista del partido entre España y Francia llegó a decir, cuando el resultado ya era de 2-0, que la gente tenía que estar tranquila porque iba a marcar Yamal. ¿Y por qué no Ferrán? ¿O Nico? ¿Acaso no son ellos también españoles? Cuando yo hago publicidad en Instagram me obligan a poner «ad», abreviatura de «advertising», traducido al español como «anuncio». En la tele debería funcionar igual porque a la gente hay que ayudarla a discernir entre opinión, información, publicidad, peloteo y mamoneo. Yamal es un jugador fantástico pero no creo que le llegue jamás a la suela del zapato a Messi o a Cristiano, que es lo que sus loros se empeñan en graznar cada dos por tres sin advertirnos antes («ad») de que se trata de propaganda. El mérito de De la Fuente ha consistido precisamente en llevar a España hasta la final del Mundial sin el concurso de su teórico jugador franquicia, por eso no entiendo que sea la propia federación la que deseche la característica esencial de este equipo, que es su coralidad, vistiendo por ejemplo de vaquero y con un palillo entre los dientes a Lamine en su último spot. A mí, y esto que quede por favor entre ustedes y yo, el chaval me recuerda más al pistolero cantor Buster Scruggs de los hermanos Coen («Hosco Joe, el jugador, ya no jugará más»…) que al Sundance Kid de Dos hombres y un destino. Y, de esos dos, el peligroso de verdad era el que no sabía nadar.