
Hay asesinatos que matan dos veces. La primera con la premeditación de quien tiene cargos públicos y responsabilidades de vida o muerte y la segunda cuando la realidad cobra este engaño con intereses, traducido en miles de seres humanos afectados. Cuando el poder corrompido le ofrece techo a quien no tiene nada, ese gesto debería ser sagrado porque toca la dignidad más básica de una persona, su estabilidad integral. Convertirlo en negocio, con contratos amañados y obras de última calidad es sin discusión un crimen que no tiene nombre ni perdón. Y lo más perverso es que la víctima, que asume y confia en el profesionalismo, la ética de quienes gobiernan, no lo sabe hasta que ya es demasiado tarde, hasta que las paredes que debían protegerla se convierten en su mayor amenaza. La corrupción en la obra pública no es un delito de cuello blanco y maletín, es un crimen con víctimas reales y escombros como evidencia. Las evidencias y cifras son tan crueles que duele hasta reportarlo.
Como era de esperarse en un sistema criminal, en el que el odio por el pueblo es extremo, los terremotos en Venezuela develaron lo peor, si es que era posible, de esta plaga que nos mal gobierna, dejando cientos de edificios desplomados y miles de personas damnificadas. Según los últimos datos, entre los hoteles, edificios privados y complejos residenciales que quedaron hechos polvo, un porcentaje considerable corresponde a desarrollos de la famosa Gran Misión Vivienda, programa lanzado por Hugo Chávez el 30 de abril de 2011. Toda construcción de viviendas es loable, lo que es repudiable es que se hayan violado las más elementales normas de construcción. Porque la Misión Vivienda prometía techo digno para los más vulnerables, pero los terremotos del 24 de junio revelaron, una vez más, lo que tiene nombre propio: corrupción e improvisación criminal.
Qué noble gesto el de construirle viviendas al pueblo pobre, especialmente cuando los ladrillos vienen mezclados con arena, las varillas son de decoración y los contratos los firma el primo del cuñado del comisario político del barrio. Socialismo del siglo XXI: donde todos son iguales pero las viviendas de los pobres se caen solas y las mansiones de los jerarcas en Caracas, Miami y Madrid siguen en pie. Eso sí es justicia social.
El urbanismo bautizado “Hugo Chávez” un conjunto de viviendas sociales con 3.400 apartamentos distribuidos en 192 edificios, donde habitaban aproximadamente 7.000 personas, quedó totalmente inhabitable. Se advirtió durante más de una década que esos edificios terminarían cayéndose y el 24 de junio quedó evidenciado de la manera más trágica. Otro ejemplo son las Torres OPE en Playa Los Cocos, Caraballeda, construidas precisamente para las familias víctimas de la tragedia de Vargas en 1999. El complejo OP-27, conocido como “Oasis del Caribe” contaba con cuatro torres y más de 600 familias, con los terremotos, tres torres se desplomaron y la cuarta dejó cientos de personas atrapadas.
Qué irónico que las viviendas construidas para refugiar a las víctimas de un desastre natural se convirtieran, exactamente, en la trampa mortal del siguiente desastre natural. El círculo perfecto de la ineptitud revolucionaria: te quitamos la casa que tenías, te damos una que se cae y cuando se cae, tampoco tenemos con qué rescatarte. No he parado de denunciar , desde la cárcel del exilio a este “sistema” de eficiencia socialista o incapacidad revolucionaria en su máxima expresión. Investigaciones independientes calculan que la Gran Misión Vivienda movilizó más de 100.000 millones de dólares. La mayoría de las operaciones se ejecutaban a través de lo que se denomina Ley Habilitante, mediante la cual la Asamblea Nacional cedía potestades extraordinarias al Ejecutivo, mecanismo, por cierto, muy similar al utilizado por otras dictaduras históricas: la Italia fascista y la Alemania nazi emplearon exactamente las mismas leyes habilitantes para consolidar el poder absoluto de sus líderes. La semejanza no es casualidad, es el manual. Y aquí aparece Alex Saab, el testaferro de Nicolás Maduro que conecta la Guaira con el mundo. El urbanismo “Hugo Chávez” fue construido mediante convenios con Bielorrusia y Turquía entre 2012 y 2013, la empresa de Saab recibió cerca de 159 millones de dólares para importar kits de viviendas prefabricadas en todo el país. China, Rusia, Irán y Turquía recibían contratos en proyectos públicos que nunca se terminaban pero sí cobraban: trenes, autopistas, puertos, aeropuertos, proyectos de vivienda y desarrollo. Ahí es donde la tragedia se cruza con la corrupción. Las investigaciones apuntan a irregularidades que incluyen sobreprecios, sobornos, robo de materiales y redes de nepotismo de dimensión industrial.
Hay que reconocerles el mérito: construyeron un sistema de corrupción tan sólido y bien estructurado como nunca lo fueron los edificios que supuestamente financiaban. Las varillas de los apartamentos se oxidaban pero las cuentas en paraísos fiscales siguen perfectamente blindadas. Eso sí es ingeniería de primer nivel. Los datos evidencian que los edificios de Misión Vivienda fueron solo una parte de la tragedia. En La Guaira también cayeron hoteles, residencias privadas y torres frente al mar, lo que demuestra que el desastre trasciende cualquier programa específico: la destrucción institucional y el abandono de normas técnicas se convirtieron en política de Estado.
Pero la cúspide de la incompetencia llegó después. Fueron tan torpes e inhumanos que cuando los rescatistas extranjeros llegaron para salvar vidas, les impidieron el acceso a algunos de ellos, precisamente médicos e ingenieros estructurales para que no continuaran con las averiguaciones sobre la calidad de las construcciones. Es decir: prefirieron que la gente muriera bajo los escombros antes de que un ingeniero extranjero documentara la magnitud del robo. Y por si faltaba el remate tragicómico, los militares venezolanos confundieron la bandera de Chile con la de Estados Unidos porque son muy parecidas.
Definitivamente, estos monstruos incapaces, corruptos e inhumanos tienen que salir del poder por cualquier vía legal, democrática y legítima que el pueblo venezolano y la comunidad internacional dispongan. Venezuela no puede seguir pagando con vidas el costo de su ineptitud, odio e impunidad.
Mis mas sinceras e infinitas gracias a todos los que sin herramientas, sin protección ni logística, han dado esta lección de empatía y solidaridad inmensa, los abrazo y deseo lo mejor para ustedes. En esos brazos y corazones es donde esta verdaderame la patria.
¡Acción y progreso por Venezuela!
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