La cuarta estrella no es un tango, pero es la melodía más escuchada en Argentina, y en Estados Unidos, durante este último mes. « Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo , Argentina quiere verte bicampeón», dice el estribillo de una canción que sacude el vestuario del vigente campeón del mundo y las gargantas de las decenas de miles de argentinos que inundan estas semanas el país norteamericano. Es evidente que el Inglaterra-Argentina de este miércoles en Atlanta no es una semifinal más. Ni un partido más. «Leo va a tener la gran oportunidad que tuvo Diego de hacer felices a todas esas familias que perdieron a sus chicos en Las Malvinas. De darles una alegría, como se la dio Diego, porque esa guerra nos hizo mucho daño», recuerda Óscar Ruggeri a este periódico. El mítico defensa argentino es uno de los integrantes de aquel histórico 2-1 a Inglaterra en el Azteca del Mundial 86 . Era el primer partido entre ambos países tras aquella guerra de las Malvinas, entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, en la que murieron 649 combatientes argentinos, de los cuales 323 fallecieron en el trágico hundimiento del crucero General Belgrano: «Para Argentina, jugar contra Inglaterra siempre ha sido algo más que un partido de fútbol», insiste Ruggeri, que ejerce de comentarista para ESPN en el Mundial: «Es un encuentro con un trasfondo político, cultural y social que es imposible de separarlo del fútbol». La compleja relación entre Argentina e Inglaterra comenzó a principios del siglo XIX, cuando, todavía siendo Argentina colonia española, el país británico hizo dos intentonas de apropiarse del país sudamericano. La primera, en 1806. La segunda, en 1807. En ambas salieron escaldados. Entre esos dos fiascos bélicos y la guerra de Las Malvinas de 1982 se construye buena parte del trasfondo emocional que acompaña cada enfrentamiento entre ambas selecciones. Un trasfondo con sus paradojas. El fútbol argentino, como tantos otros, tiene orígenes británicos. El escocés Alexander Watson Hutton es considerado el impulsor y el padre del deporte rey en Argentina. El Alumni Athletic Club, gran dominador del fútbol argentino a principios del siglo XX, tenía como columna vertebral a los hermanos Brown, descendientes de una familia de inmigrantes escoceses afincados en Argentina. Y la AFA de aquella época utilizaba el inglés como primera lengua. Todo aquello fue virando con el fenómeno migratorio. Miles de italianos y españoles cambiaban sus países por Argentina, y eso también cambió el fútbol del país, que pasó de aprenderse en las escuelas a hacerlo en la calle, en los potreros, como dicen en Argentina a un campo improvisado en mitad de una plaza o de un barrizal: «Mientras en Inglaterra había que ir a la escuela para aprender a jugar al fútbol, en Argentina había que faltar a la escuela para ir al potrero y aprender allí», presumen en el país albiceleste. Ese cambio explica culturalmente la mano de Dios en el Azteca en 1986. Gol de pillo, propio de ese chaval pícaro que tiene más horas de vida en los potreros que en los colegios. Fútbol sin reglas, consumación de lo que comenzó en 1953, cuando Argentina ganó por primera vez a Inglaterra (3-1). Fue un amistoso en el Monumental, justo meses después de que el peronismo nacionalizara los ferrocarriles británicos. Aquel día también nacionalizó su fútbol y comenzó a desarrollar su propia identidad. Después llegó el Mundial de 1966 y unos cuartos de final entre Inglaterra y Argentina que provocaron la creación de las tarjetas amarillas y rojas. En aquel encuentro, ganado por los anfitriones (1-0), el colegiado de Alemania Federal Rudolf Kreitlein expulsó verbalmente a Rattín en el minuto 35. Rattín, fallecido justo el pasado viernes y admirador confeso del Imperio británico, se negó a irse del campo, ya que no entendía el alemán, y provocó un parón de diez minutos hasta que finalmente abandonó Wembley de malas maneras: pisó la alfombra roja imperial, estrujó y retorció el banderín de córner, que tenía el símbolo del Union Jack, y acabó comiéndose unos trozos de chocolate, una de las muchas cosas que le lanzaron desde la grada como respuesta a su rebeldía. De aquel partido salieron los argentinos con el apodo de «animals» y los ingleses de «piratas». Los primeros, por maleducados. Los segundos, por invasores. Y llegó entonces el 22 de junio de 1986, y ese famoso duelo de cuartos en el Mundial de México. Declarado como Día del Futbolista en Argentina, aquel 2-1 ante Inglaterra representa a la perfección lo que es el fútbol de la Albiceleste. ‘El gol del siglo’, propio de un genio y de un talento criado en los potreros, y ‘la mano de Dios’, la picardía convertida en trampa . Los dos tantos, separados apenas por unos minutos, condensan una parte esencial de la cultura futbolística argentina. Y vengaron, de alguna manera, a los muertos y a los familiares de los fallecidos en Las Malvinas. Como también hizo Simeone en los octavos del Mundial de 1998, provocando la roja de Beckham. Y como puede hacer Messi este miércoles , porque hay partidos que se juegan durante noventa minutos y otros que arrastran más de dos siglos de historia. Inglaterra y Argentina pertenecen a esta segunda categoría.