La derrota de México ante Inglaterra por los octavos de final de la Copa del Mundo tuvo un epílogo hasta hace un mes atrás impensable: mientras los jugadores británicos festejaban ante sus seguidores en una cabecera del Estadio Azteca, en la otra mitad la afición local despedía con aplausos y canticos a una selección tricolor que logró conmover a un país. Un reconocimiento que en la previa al partido inaugural contra Sudáfrica estaba fuera de cualquier cálculo, de hecho, el común de población estaba sumida en el negativismo y era frecuente la especulación de que el equipo de Javier ‘Vasco’ Aguirre podía tener problemas para avanzar de la primera fase. Fueron cuatro semanas de un vértigo absoluto . El triunfo ante Sudáfrica inyecto una ilusión en las calles que, poco a poco, fueron tomadas por un frenesí mundialista que crecía a medida que la selección gaba sus partidos y llegaba a la cita contra Inglaterra sin recibir goles en contra. El furor mundialista comenzó a derramarse en todos los ámbitos de la vida pública, donde el cambio de aire fue rotundo y se llegó al otro extremo: del pesimismo a la abierta manifestación de que México podía ser campeón del Mundo, como se coreaba en plazas y avenidas de todo el país en la noche posterior al triunfo frente a Ecuador . Esa épica encontró su fin en los pies de Jude Belingham , quien tomó las riendas de su selección para vencer a los fantasmas del Azteca donde los inventores de este juego no habían vuelto desde su eliminación en la Copa del Mundo de México 1986. El festejo previsto a realizarse en el centro de la Ciudad de México se apagó antes de comenzar y las calles comenzaban a despoblarse mientras se escuchaban ruidos de pirotecnia que señalaban la despedida de México de su tercer Mundial. El regreso a la normalidad tenía de trasfondo las palabras de Aguirre en conferencia de prensa y la felicitación al seleccionado de la presidenta Claudia Sheinbaum , cuyo gobierno tuvo diversos cruces con la FIFA por la organización mundialista pero, con el trascurso de los partidos, abrazó el animo colectivo que sumió al país en un clima de fiesta pocas veces visto. Los triunfos de la selección masificaron un torneo que, en los papeles, era absolutamente inaccesible para gran parte de la población. Festejos de madrugada, música, bailes, camisetas verdes por doquier y un estado de gracia general que, durante cuatro semanas, apagaron todos los asuntos recurrentes de la vida pública de un país que, durante la Copa del Mundo, tuvo un desplome en los indicadores de violencia e inseguridad. La afición mexicana esgrimió un carisma imparable, ya sea para convertir a un pato en su mascota propia del Mundial como para invitar a sus parrandas a los miles de turistas que llegaron a la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. El Mundial transportó a México a una burbuja donde el fútbol se impuso a todos los dramas de su día a día . Una celebración de color y sonido que tuvo un episodio final a la altura, con once jugadores abrazados sobre el césped y un estadio que los despedía al tiempo que les agradecía una fiesta que, hace tiempo, necesitaban.