Una seguidilla de dos terremotos. Más de 7 puntos en las escalas. Y pum: la tragedia. De las mayores, si acaso no la mayor en mucho más de un siglo. ¿Superior al terremoto de 1967? Desde luego. Cuenten en cantidad de fallecidos, si acaso logramos enterarnos verídicamente de cuántos son. ¿Para qué insisten en esconder cifras siempre? ¿Cuesta tanto establecer la verdad? ¿Se salvan si esconden los fallecidos bajo la alfombra? Creo que no. También podemos medir las consecuencias en dolor colectivo y en daños materiales. Es la peor, sin duda.
Pero: ¿Hubiera podido tener mayores y peores consecuencias? Sin dudas tampoco. Por mi mente solo se pasea la idea de: ¿qué sería de nosotros sin la ayuda internacional? Sin todos esos rescatistas, médicos y demás profesionales de la salud, perros, equipos de captación del sonido y del calor, maquinarias, aviones, helicópteros, medicamentos, comida, agua, y miles de etcéteras. Debemos estar agradecidos de por vida con todos esos innumerables países que aportaron y siguen aportando hasta ayuda económica.
Me hubiera gustado decir que no la necesitábamos. Pero era bien recibida. No es el caso. A sabiendas, pero aún perplejos, quedó al desnudo la realidad sin tanta resonancia: no teníamos si no el valor de los rescatistas improvisados nuestros. Están las pruebas en gráficas, en videos, en vivencias personales, en declaraciones de expertos. Nada para la protección civil de millones de personas expuestas no solo al desastre natural si no también al desastre político, incapaz de prever las consecuencias de nada. Indefensos completamente ante todo. Chistes crueles señalan la incompetencia -o ausencia- del Estado en todo lo concerniente al cuido y protección de su ciudadanía.
Así, hospitales desguarnecidos. Profesionales idos del país hace muchos años que hacían falta, al punto que de Chile se volvieron algunos médicos a contribuir con los ciudadanos de su país; sin suficientes medicamentos, con carencia absoluta de equipos, helicópteros de atención o traslado especializado, aviones con disposiciones para cargas también especiales. Nada. Nos agarró desprevenidos la nada. Para los civiles nada. Ya lo sabíamos con los sueldos, el uso manipulador y controlador de la comida, aquí todo es militar, como en el siglo XIX, y sin ganas de hacer nada, como en el siglo XXI. Nada que no sea joder al ciudadano.
El giro radical, sí radical, en ese sentido que tiene que dar el país es extremo. Necesitamos un país para sus ciudadanos, humanista, que piense y elabore para el ser humano y no para construcciones ficticias uniformadas. Esta desgracia creció de manera desproporcionada, como han dicho muchos ya, por la ausencia absoluta de un Estado previsivo en la atención a su ciudadanía. Tenemos que voltear todo esto, lo más inmediatamente posible. Gracias a que los EE. UU. estaban imbuidos aquí de esta manera, porque ¿si no?
Hay que decirlo: en medio de la peor tragedia: sin la ayuda internacional seríamos ñinga, boñiga, como somos. Menos mal que hay protocolos de ayuda internacional y nuestros hermanos países han sido sensibles, cariñosos, con nosotros , con nuestro dolor. Ante la ausencia del Estado, varios, muchos, estuvieron y están con nosotros: ¿Agradecidos? Es lo único que debemos estar y pensando en el cambio rotundo de esta tragedia continuada no por los terremotos devastadores, que lo fueron, si no por la devastación de más de 27 años.