
A la familia Sánchez Uzcátegui no le ha tocado fácil. Enderly Uzcátegui y su esposo José Sánchez fueron deportados desde Estados Unidos a Venezuela, y sus seis hijos quedaron solos en la nación norteamericana al cuidado de unos amigos. Tras siete meses separados, y con gran esfuerzo, un ‘ángel’ los unió otra vez, llevando a los niños a su tierra natal. Pero la alegría del reencuentro familiar pronto se desvaneció con el doble terremoto que ocurrió el pasado 24 de junio en Venezuela.
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Esta es la historia de la familia Sánchez Uzcátegui, que huyeron del país para brindarle un mejor porvenir a sus hijos, pero que el destino le ha jugado una mala pasada.
“Mi esposo cayó en julio del año pasado; a mí me detuvieron el 10 de noviembre y me deportaron el 6 de abril de este año. Mi deportación tardó porque estaba peleando, no quería regresarme por mis hijos, porque en Venezuela ya no teníamos dónde vivir. Vendimos nuestra casa para ir a Estados Unidos. Además, si me deportaban, ellos quedaban solos, porque mi esposo ya había sido deportado”, dijo la joven madre, quien tiene cuatro hijos varones de 14, 7, 9 y 2 años (el menor nacido en EEUU), y dos niñas, una de 12 años y otra de cinco años.
Luego de ocho meses preparando su viaje a Estados Unidos, Enderly y su esposo José abandonaron Caracas y atravesaron la selva del Darién con sus cinco hijos. Desde 2023, vivieron entre Washington D.C. y Baltimore. Su hijo menor nació en tierra estadounidense.
Detención y deportación
En 2025, el ICE detuvo a su esposo en el trabajo, y a ella la arrestaron cuando llevaba a sus hijos a la escuela. A los funcionarios no les importó que llevaba a su bebé, de 11 meses, sino que se lo arrebataron y lo entregaron a su hija, en ese entonces, de 11 años. Los niños se quedaron sin su papá y sin su mamá.
“Se siente mucha frustración, rabia, tristeza. Mis niños estuvieron solos durante siete meses con unas amistades”, expresó Enderly. Como millones de migrantes, después que el ICE la detuvo, le tocó estar “a la buena de Dios”.

Relató que “ellos (migración en EEUU y el ICE) hacen contigo lo que les da la gana. Son millones de personas detenidas, cada caso es distinto, y ellos se vuelven un caos en atender cada caso… Uno está a la buena de Dios, no te dicen nada, cuando vienes a ver, te cambian de centro de detención o te deportan. Ni siquiera te dicen cuándo te van a deportar. Si quieres saber de tu caso y cómo solventar, tienes que tener mucho dinero. Ya me estaba enfermando detenida”.
Finalmente, la deportaron. Tuvo que firmar un poder a quienes se ofrecieron a cuidar a sus hijos.
La mano de Dios
Para quienes tienen fe, en toda dificultad, siempre hay una mano amiga puesta por Dios. En este caso, fue un ‘ángel’ llamado Alexa, una venezolana-estadounidense que se enteró en una iglesia del caso de la familia Sánchez Uzcátegui.
“El primer paso fue en la iglesia. Me pidieron que fuera el contacto principal porque se me facilitaba el idioma. Me pareció una tremenda oportunidad porque quería involucrarme. Ya había apoyado a una organización para inmigrantes en Chile. Sentí que era una emergencia, que tenía que entregarlo todo, dar lo mejor de mí para que los niños pudieran estar mejor dentro de esta situación trágica”, contó Alexa Schaeffer Quintero.
De inmediato, contactó a la familia que los cuidaba. Era una pareja con un hijo y otra amiga con un hijo.
“El primer día llegué con regalos y comida. Entre las cosas había lentes, y ellos enseguida pensaron en su mamá, porque ella usa lentes, eso me conmovió. Me enamoré de los niños, tienen una energía muy alegre, son muy extrovertidos, entre ellos se llevan bien, se entienden, se cuidan. Saben cocinar, poner pañales, saben hacer de todo. También noté que la familia que los cuidaba necesitaba apoyo”, afirmó.
Schaeffer los inscribió en la escuela, sacó el pasaporte del niño de dos años y gestionó digitalmente los salvoconductos de los demás en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Obtuvo el permiso para viajar con ellos. No contó con ayuda gubernamental directa, sino que siguió el proceso legal. Su meta era unirlos con sus padres en su país.
No fue sino dos meses después, cuando la propia Alexa llevó a los niños a Caracas por gestión propia con beneficiarios. Llegaron el pasado 5 de junio. Un primo la acompañó. Todo el gasto para el viaje con su gestión migratoria fue aproximadamente de 4.500 dólares, que consiguieron con ayuda de beneficiarios.
“Pensé que sería imposible, muchos me decían que no lo hiciera, que era arriesgado para ellos y para mí, que mejor los enviara solos, pero yo pensaba con el corazón. Sentía que saldría bien, aunque fuera peleado. Siento que íbamos con Dios, y de hecho, no tuvimos ningún problema, fue mejor de lo que imaginé. Me quedo con ganas de hacerlo de nuevo, de conectar con estas familias que no saben qué hacer. Cuando llegué a esa iglesia, me pareció raro porque no soy religiosa, aunque creo en un ser poderoso. Sin esa fe y espiritualidad, no iba a tener la determinación que tuve”, expuso Alexa.
“Fue difícil, triste, frustrante. Al llegar acá, fue un proceso con Alexa, ella fue un ángel en vida para traer a mis niños”, comentó Enderly.
“Sin dignidad” en Vuelta a la Patria
Alexa destacó que aunque ya habían comenzado a gestionar a los niños el regreso a su país con el Plan Vuelta a la Patria, a ella le habían comentado que no tenían buenas condiciones.
“El Gobierno quiere que la gente vuelva, pero no hay dignidad en el proceso, envían solos a los niños. Una funcionaria me dijo ‘menos mal tú viniste con ellos, porque hay niños que llegan solos y no sabemos dónde están’”, contó la mujer, quien acotó que con este plan, el vuelo es tan demorado, que a los infantes les llegó la notificación del viaje un día antes de volver con ella a Venezuela, es decir, ocho meses después de la solicitud.
Terremotos en Venezuela, otro proceso
La alegría del reencuentro fue golpeada el 24 de junio por el doble terremoto. La familia Sánchez Uzcategui vivía alquilada en Caracas, pero la infraestructura sufrió daños que obligaron a evacuarla. Afortunadamente, todos están bien, pero no tienen dónde vivir.
Tras estar separados de sus padres, ahora los niños enfrentan la devastación con edificios derrumbados alrededor, duelo, colas por comida.
“Ellos ven a la gente viviendo en la calle, el sufrimiento, no hay una estabilidad. Un amigo de mi esposo nos dio alojo, pero estamos sin casa. Yo les digo que den gracias a Dios que estamos vivos, ellos entienden. Con mucha fe hemos salido adelante y tratando de que cada día no les afecte tanto la realidad”, expresó Enderly, quien pidió una vivienda a las autoridades.
La travesía de migrar por el Darién, ser deportados sin sus hijos, llegar a Venezuela sin tener dónde vivir y al poco tiempo reencontrarse con sus niños para vivir la tragedia de los terremotos… La familia Sánchez Uzcátegui, de golpe y todas juntas, ha padecido las desgracias que los venezolanos, cada quien en sus propias circunstancias, han tenido que enfrentar. Por fortuna, hoy esa familia puede contar su historia. Tiene la fe y la esperanza de que también va a salir con bien de esta adversidad.







