
Lola Collado, experta en emergencias y catástrofes, es profesora del Departamento de Psicología de la UIC Barcelona y coordinadora de la Unidad de Crisis de Fundación Salud y Persona. Comparte con LA RAZÓN las claves del acompañamiento psicológico a las víctimas tras la tragedia en Venezuela
Por larazon.es
¿Qué papel puede jugar la psicología en una tragedia como la vivida en Venezuela y qué importancia tiene la formación psicológica en los equipos de urgencias?
La psicología desempeña un papel fundamental en una tragedia como la vivida en Venezuela, no solo en las fases posteriores, sino desde el mismo momento en que ocurre el impacto. En este contexto, la figura del psicólogo de emergencias se vuelve especialmente relevante, ya que está especializado en intervenir en situaciones críticas donde el sufrimiento es intenso, el tiempo es limitado y las decisiones deben ser muy ajustadas. Su labor debe estar plenamente integrada dentro de un trabajo coordinado con otros profesionales, favoreciendo una actuación conjunta y coherente. No todos los profesionales necesitan ser especialistas en salud mental, pero sí es clave que cuenten con herramientas mínimas de intervención en crisis: saber cómo dirigirse a una persona en shock, cómo transmitir calma, cómo dar información clara sin aumentar la angustia o cómo acompañar sin invadir. Este primer contacto, que en muchas ocasiones se produce en momentos de máxima vulnerabilidad, puede marcar profundamente la vivencia posterior de la persona afectada.
Cuando una persona pierde su casa, a un familiar o todo aquello que le daba seguridad, ¿qué ocurre emocionalmente en las primeras horas o días?
Se activa una respuesta aguda de supervivencia tanto a nivel emocional como fisiológico. Lo que observamos no es patológico en sí mismo, sino una reacción esperable ante una vivencia extrema. En ese momento inicial suele aparecer un estado de shock o aturdimiento, como si la persona no terminara de procesar lo ocurrido. Esto puede vivirse como una sensación de irrealidad, incredulidad y confusión, donde cuesta organizar pensamientos o tomar decisiones, incluso las más sencillas. En paralelo, se activan respuestas fisiológicas intensas propias del estrés agudo: taquicardia, respiración acelerada, tensión muscular, sudoración, temblores o incluso síntomas digestivos. Y en general, se mantiene un estado de hipervigilancia. Todo ello forma parte de la activación del sistema de alarma del organismo. Es importante subrayar que estas reacciones pueden variar mucho entre personas. Algunas se muestran muy activas y resolutivas, mientras que otras quedan más paralizadas; ambas respuestas son válidas dentro del espectro normal.
¿Cómo se ayuda a alguien que acaba de sufrir una pérdida traumática?
Cuando acompañamos a alguien que acaba de sufrir una pérdida traumática, la clave no está en “decir lo correcto”, sino en estar de una manera que no invada ni anule su experiencia. Primero, es fundamental ofrecer una presencia respetuosa y disponible. Esto implica estar emocionalmente accesibles sin imponer conversaciones ni forzar a la persona a expresar lo que quizá todavía no puede o no quiere poner en palabras. A veces, el silencio compartido, un gesto de cercanía o simplemente “estar” resulta mucho más reparador que cualquier frase elaborada. La escucha activa es otro pilar central. No se trata solo de oír, sino de atender sin interrumpir, sin interpretar rápidamente y sin llevar la conversación hacia nuestra propia experiencia. Es importante tolerar el dolor ajeno sin tener prisa por aliviarlo, porque muchas veces las frases bienintencionadas como: “todo pasa por algo”, o “tienes que ser fuerte”, pueden hacer que la persona se sienta incomprendida o invalidada. En este sentido, la validación emocional es clave: reconocer y legitimar lo que la persona siente sin juzgarlo ni corregirlo y respetando sus ritmos, ya que cada persona procesa el impacto de manera diferente.
¿Qué secuelas psicológicas puede dejar una tragedia así en supervivientes, familiares y equipos de emergencia?
Una tragedia de este tipo puede dejar distintas secuelas psicológicas en supervivientes, familiares e incluso en los equipos de emergencia que intervienen. Sin embargo, es fundamental subrayar desde el inicio que no todas las personas que se ven inmersas en una situación de emergencias acaban desarrollando una psicopatología. De hecho, muchas logran adaptarse progresivamente, especialmente si cuentan con apoyo adecuado y recursos personales y sociales. La presencia de síntomas iniciales no implica automáticamente un trastorno. Dicho esto, en algunos casos pueden aparecer dificultades más persistentes cuando el impacto de la experiencia traumática supera los recursos disponibles en ese momento. En supervivientes y familiares, una de las posibles secuelas es el trastorno de estrés postraumático (TEPT), que se caracteriza por la reexperimentación del suceso (recuerdos intrusivos, pesadillas), evitación de estímulos asociados, hipervigilancia y una activación constante del sistema de alerta. También puede aparecer un duelo complicado, especialmente cuando la pérdida ha sido repentina, violenta o con circunstancias difíciles de asimilar, lo que puede bloquear el proceso natural de elaboración. Además, son frecuentes otros cuadros como la ansiedad y la depresión. En algunos casos, también pueden surgir sentimientos de culpa (por haber sobrevivido o por lo que “se podría haber hecho”) o dificultades para retomar la vida cotidiana.
En los equipos de emergencia e intervinientes, las secuelas adoptan a menudo otra forma. La exposición repetida al sufrimiento ajeno y a situaciones límite puede generar lo que se conoce como fatiga por compasión, que se caracteriza como un desgaste emocional derivado de cuidar a otros en contextos extremos. A esto puede sumarse el burnout o agotamiento profesional, especialmente si se combinan alta demanda, estrés sostenido y falta de descanso o apoyo. También en estos profesionales puede aparecer sintomatología postraumática, aunque muchas veces se enmascara bajo una actitud de fortaleza o hiperactividad. Por eso, el seguimiento psicológico en estos colectivos es especialmente relevante.
¿Cómo y cuánto tiempo le puede llevar a una persona empezar a reconstruirse emocionalmente después de perder su hogar o a un ser querido?
La reconstrucción emocional tras una pérdida tan significativa no sigue un camino lineal ni predecible. Es importante entender que reconstruirse no significa “volver a ser como antes” ni “superar” en el sentido de olvidar, sino más bien integrar lo ocurrido en la propia historia de vida, encontrando nuevas formas de seguir adelante con la ausencia o el cambio. En ese camino, es normal que haya momentos de avance y otros de mayor dificultad, por eso es tan importante entender que no es un camino recto, sino lleno de altibajos. De ahí que, más que de un tiempo concreto, hablemos de un proceso progresivo y muy personal, en el que cada persona va encontrando, poco a poco, formas de adaptarse a una realidad que ha cambiado de manera profunda. En cualquier caso, un mensaje clave es que la reconstrucción es posible, pero necesita tiempo, apoyo y un entorno que permita respetar los propios ritmos, sin presionar ni generar expectativas rígidas sobre cómo “debería” vivirse el proceso.
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