En determinadas coyunturas políticas, los líderes de un país se enfrentan al dilema de defender la soberanía nacional o aceptar que el destino de la nacional esté en manos de un tercero, entendiendo por soberanía nacional la potestad de una nación de decidir su propio camino, relativo éste a la forma de gobierno, su campo de alianzas nacionales e internacionales y las políticas internas que el gobierno ejecute.
Esto parece obvio pero no lo es. Cuando hay crisis política o está en disputa el poder, la influencia de un factor externo puede condicionar la voluntad de un país, encarnado en el liderazgo en cuyas manos está la decisión de ser soberano o no serlo. Así, Fidel Castro en 1960 optó por ser un peón a la disposición de Nikita Kruschev primero y Leonid Brezhnev después, con tal de preservar el poder a cualquier precio ante el acecho de los gobiernos estadounidenses. A partir de entonces, Cuba fue una especie de colonia soviética. Las políticas más importantes se tomaban en Moscú, no en La Habana.
El 18 diciembre de 1908, cuando Juan Vicente Gómez depuso a Cipriano Castro, para asegurar la estabilidad del nuevo gobierno, Gómez no dudó un instante en tejer una alianza con EEUU, Alemania e Inglaterra para asegurar su permanencia en el poder y garantizar el orden interno que requería la explotación petrolera a partir de 1914. No fue Venezuela un protectorado estadounidense o inglés, pero su política petrolera y exterior estuvo condicionada por la influencia de las potencias petroleras. La política exterior en esos tiempos era la política petrolera y ambas estuvieron subordinadas a la de otros gobiernos. Venezuela comenzó a recuperar su soberanía, principalmente con el gobierno de Medina Angarita y sus grandes reformas petrolera, fiscal y social y posteriormente con la democracia.
Actualmente, Venezuela está inmersa en un conflicto político interno de calibres desconocidos en el contexto de una disputa geopolítica donde el suministro de petróleo y gas es vital para muchas economías. Eso hace que las decisiones soberanas de cualquier orden, que en condiciones normales un gobierno adopta sin consultar ni discutir con otro, ahora requieren pasar por el cedazo de las autorizaciones previas.
Pero no es solamente la potestad de auto gobernarse la que encara Venezuela como reto, sino también la reivindicación de la soberanía popular, aquella que ordena que la voluntad del pueblo expresada mediante sufragio determina quién es el presidente de la nación. Usurpada la soberanía popular por el desconocimiento de los resultados del 28 de julio de 2024 que dieron ganador a Edmundo González y en entredicho la soberanía nacional, es tarea perentoria del liderazgo político recatar ambas soberanías. La historia juzgará quién lo hizo y quién no lo hizo, pudiéndolo hacer. Entonces, en los libros se inscribirá una nota sobre los que reclamaron y los que no, los que levantaron la voz y los que callaron, pudiendo hablar.
