Gianni Infantino (Brig, Suiza, 1970) había salido del Mundial convencido de haber organizado no sólo el mejor de la historia, sino, en sus propias palabras, «el mayor acontecimiento humano, social y cultural que la humanidad haya presenciado jamás». Apenas unos días después, en plena resaca del campeonato, quiso transformar aquel éxito en una empresa valorada en 20.000 millones de dólares, de los cuales una quinta parte estaría en manos de inversores privados. El viernes pasado tuvo que retirar el proyecto . En dos meses, ha erosionado buena parte de la reputación que llegó a labrarse como el hombre que prometió limpiar y modernizar una institución de pasado turbio. Su gestión ya estuvo en tela de juicio durante el torneo: las pausas de hidratación, la invasión publicitaria, ciertas injerencias arbitrales, el precio de las entradas o el insólito descanso de media hora durante la final. La retirada de este proyecto interrumpe una década de ascenso casi ininterrumpido desde que llegó a la presidencia de la FIFA, en 2016, cuando el organismo se había convertido en un sinónimo de sobornos y comisiones ilegales. El FBI acababa de descabezar en un hotel de Zúrich la vieja guardia de Joseph Blatter, después de que Estados Unidos investigara las sombras que rodearon la polémica concesión del Mundial 2022 a Qatar. Estados Unidos, convertido durante la era de Trump en el principal aliado político de Infantino, aparece también en la mayor crisis de una gestión que este verano parecía haber alcanzado la cima. El primer Mundial con 48 selecciones y 104 partidos batió récords económicos y confirmó su diáfana concepción del deporte: si algo funciona, debe crecer; si crece, puede explotarse comercialmente más. También el nuevo Mundial de Clubes debía responder al mismo principio: las competiciones engordan y la FIFA ocupa espacios antes reservados a clubes, ligas y confederaciones. El proyecto que murió antes de nacer, FIFA Forward Enterprise, pretendía reunir en una filial los derechos comerciales del Mundial y de otros torneos. La entrada de capital privado debía aportar unos 4.200 millones de dólares. Thrive Capital, la firma fundada por Joshua Kushner (hermano de Jared Kushner y miembro por tanto del universo familiar de Trump), figuraba entre los inversores interesados. Infantino presidiría inicialmente la nueva compañía y, según informó ‘The Times’, podría acabar ocupando después un puesto ejecutivo remunerado con hasta 30 millones de dólares anuales. Ante las primeras protestas, Infantino insistió con su sonrisa habitual en que nadie estaba vendiendo el fútbol. En Europa, sin embargo, se entendió exactamente lo contrario. La FIFA, una entidad sin deuda y con más de 5.000 millones de dólares en reservas, prometía además a cada federación hasta 40 millones si aprobaba la operación. El dinero, sostenía Infantino, regresaría así al desarrollo del juego desde sus raíces. Pero para sus críticos se parecía demasiado a comprar hoy con ingresos futuros el voto del presente. La oposición de la UEFA se volvió insostenible cuando se sumó la CONCACAF y Carlos Cordeiro, asesor del presidente, dimitió al considerar que se hipotecaba el futuro del fútbol sin necesidad alguna. Las reacciones recuerdan, salvando las distancias, al fracaso de la Superliga: otro proyecto concebido en despachos y abortado al hacerse público. La UEFA ha declarado su pérdida de confianza en el presidente y denunciado un acuerdo «sórdido y opaco, urdido entre bastidores». El comunicado sostiene que Infantino ha perdido no sólo la confianza de la UEFA, sino la de buena parte de la familia del fútbol. Javier Tebas pidió su dimisión, aunque el acuerdo de LaLiga con CVC también anticipa ingresos futuros (con diferencias significativas). Infantino se ha dejado este verano buena parte de la imagen de higiene y eficacia que fue acumulando durante su rápida ascensión por la burocracia deportiva europea. Políglota y abogado, entró en la UEFA en 2000 y se hizo popular como la mano inocente de los sorteos de la Champions. Ya de joven becario visitaba las federaciones nacionales sin timidez alguna en sus viajes y procuraba conocer al secretario general y al presidente. Antiguos dirigentes recuerdan su rapidez de reflejos, su capacidad de trabajo y sus ganas de agradar: «Tres virtudes excelentes para ascender, aunque no necesariamente para saber cuándo parar», en palabras de un conocido directivo español. Infantino ganó las elecciones de 2016 mientras decenas de dirigentes y empresarios vinculados al fútbol afrontaban cargos en Estados Unidos y la antigua cúpula de la FIFA se desmoronaba. Conocía bien la singular aritmética de la FIFA: cada una de sus 211 federaciones posee un voto. Aumentó las ayudas al desarrollo, cultivó relaciones con el deporte de Asia, África y Oceanía y se presentó como defensor del mundo ignorado frente a la supremacía económica europea. Las federaciones pequeñas recibían recursos; los recursos producían gratitud. Fue reelegido dos veces sin oposición y hasta hace poco contaba con el respaldo de casi 200 asociaciones. Durante su primer mandato afrontó algunos problemas endémicos de la FIFA, que dejó de ser un sinónimo automático de corrupción. Al mismo tiempo, impulsó la idea de un Mundial cada dos años, acumuló torneos y abrió nuevas fuentes de ingresos. Se empezó a comportar, al igual que algunos de sus antecesores, como el presidente de una potencia sin territorio. Su relación con Donald Trump representa la culminación de esa metamorfosis. Infantino supo agradar antes a Putin, a los jeques de Qatar y Arabia Saudí y a dirigentes de casi cualquier signo. Con Trump , la diplomacia se convirtió en amistad pública: lo llamó «mi gran amigo», frecuentó la Casa Blanca y compartió con él el escenario del Mundial. La FIFA llegó incluso a crear un Premio de la Paz y concedió su primera edición a Trump. Aquella cercanía tuvo una utilidad práctica: organizar un Mundial en Estados Unidos exigía acceso directo al Gobierno, colaboración en materia de visados y coordinación en seguridad. Infantino obtuvo todo eso. Pero también pagó un precio, visible durante el propio torneo: la FIFA suspendió una tarjeta roja al futbolista Folarin Balogun después de que Trump llamara personalmente para protestar por la expulsión antes de los octavos de final. El expresidente Joseph Blatter, antigua presa de los periodistas de investigación deportiva, afirmó entonces que el Mundial había perdido «credibilidad». Este fin de semana redobló sus acusaciones en declaraciones a Reuters: «El fútbol no pertenece a ningún individuo ni a ninguna institución. Pertenece al pueblo». La presencia de una firma ligada a los Kushner en esta última operación comercial ha reforzado probablemente la impresión de que la FIFA vuelve a caer en la tentación de confundirse con una red de vínculos personales. Infantino ha defendido siempre sus medidas e incluso excesos en nombre de quienes permanecían lejos del centro. Lo hizo en Qatar, cuando respondió a las críticas occidentales sobre los derechos humanos apuntando a milenios de agravios europeos y proclamando que se sentía catarí, árabe, africano, gay, discapacitado y trabajador migrante. Hijo de inmigrantes italianos, conoce el significado de contemplar el poder desde fuera y ha aprendido a utilizar esa biografía como salvoconducto. La retirada del proyecto no lo ha derribado aún. Conserva una formidable red de apoyos y puede presentarse nuevamente en 2027. Pero el plazo para las candidaturas vence el 18 de noviembre y por primera vez en años sus adversarios creen posible encontrar un rival. «La pregunta», como afirma el citado directivo, «ya no es sólo cuánto poder conserva, sino cuánto pierde un dirigente cuando quienes lo rodean descubren que se le puede obligar a dar marcha atrás».