Saltar al contenido
Edición en español Martes 25 de agosto de 2026

Una semana entrenando en Bangtao, el gimnasio de MMA más popular del mundo

Jamás pensó uno que lanzaría un puñetazo en nombre del periodismo. No digamos ya recibirlo. Pero heme aquí, tentando torpe a mi contrincante en busca de un hueco cuando, antes de que pueda darme cuenta, un guante de cuero impacta contra mi nariz. Podría decir que la encomienda profesional alivia el escozor, aunque estaría mintiendo. Me encuentro en Bangtao , uno de los gimnasios de artes marciales mixtas (MMA) más prestigiosos del mundo, a donde he acudido para experimentar las rutinas, rigores y placeres de un campamento de entrenamiento, con el propósito de entender por qué cada vez más personas dedican sus vacaciones, o sus vidas, a golpear y ser golpeadas. ¿Por qué las MMA se han convertido en un fenómeno global y qué implicaciones tiene su auge para la sociedad en general? No hay mejor lugar al que acudir en busca de respuestas que Tailandia, patria del muay thai, el «arte de las ocho extremidades» ejecutado mediante puños, codos, rodillas y espinillas. Este deporte está profundamente arraigado en la identidad cultural del país asiático. Su tradición se remonta al siglo VII , de acuerdo a la historiografía oficial elaborada por el Instituto del Arte del Muay Thai, dependiente del ministerio de Turismo y Deportes. El folclore nacional está repleto de leyendas como la del rey Suriyenthrathibodi, quien a principios del siglo XVIII gustaba de competir enmascarado entre la plebe. Pero el muay thai –como todo en la vida– acabó identificado por oposición. El primer uso del término data de 1913, para diferenciarlo del boxeo internacional que el prestigioso colegio Suankularb Wittayalai de Bangkok acababa de introducir en su plan de estudios. Así, lo que comenzó como un método de combate militar acabó por adoptar forma codificada: técnicas, escuelas, estilos . El muay thai pronto incorporó asaltos cronometrados, categorías de peso, reglamentos homogéneos y grandes estadios como el Rajadamnern o el Lumpinee para conformar una competición moderna. El turismo de masas proyectó su fama más allá de Tailandia, y cuando las MMA irrumpieron a escala mundial ya era considerado la disciplina de golpeo esencial. De guerra a arte. Este proceso secular preparó el terreno para que Phuket , una paradisiaca isla del tamaño de Ibiza, se convirtiera en un centro de peregrinaje entre los estudiosos de las artes marciales. El impulso decisivo llegaría con Tiger Muay Thai , un emblemático gimnasio todavía operativo, y en concreto su programa de becas para atraer talento internacional. Uno de los primeros en llegar fue George Hickman. «En 2014 hice las pruebas y conseguí una plaza», rememora. Hickman, que había competido a nivel nacional en Estados Unidos, derrotó en la final a su compañero de promoción, nada menos que Alexander Volkanovski, vigente campeón mundial del peso pluma de la UFC y uno de los luchadores más laureados de la historia. «Al cabo de seis meses me incorporé al equipo técnico», prosigue. «En 2016 vino también mi hermano Frank y a partir de entonces las cosas empezaron a coger velocidad». En aquella época pasaron por allí muchas de las futuras estrellas de un deporte todavía emergente: Israel Adesanya, Khalil Rountree, Tai Tuivasa… «Recuerdo entrenar con Petr Yan antes de que hiciera su primer combate y decirle que un día sería campeón del mundo». El cinturón del peso gallo que el ruso hoy ostenta atestigua que la profecía se cumplió. «Nuestro gimnasio nace de todas esas relaciones», incide. Ahora bien, el momento propicio no llegaría hasta la pandemia que alteró tantos rumbos. El de la UFC, cuya notoriedad se disparó al ser la única competición deportiva que se negó a parar. Y el de los hermanos Hickman, que decidieron abandonar Tiger y emprender su propio camino. Tras sortear todo tipo de complicaciones, Bangtao abrió sus puertas en abril de 2022. En esta mañana de verano, su interior ofrece una sinfonía de gritos e impactos. «Sabía que el gimnasio tenía potencial y que, tarde o temprano, podía llegar a triunfar», apunta George. «Lo que nunca imaginé fue que alcanzaría tanta repercusión tan pronto». Durante la temporada alta de diciembre a abril, más de un millar de personas entrenan cada día sobre sus colchonetas. El resultado es un entorno de contrastes radicales: el hedonismo tropical y el rigor físico, el ocio de los extranjeros y el sustento de los tailandeses, novatos que lanzan sus primeros golpes y campeones del mundo que perfeccionan los suyos. Y, sin embargo, todo parece encajar con naturalidad. ¿Hay fricciones entre tanta contradicción? «Ninguna», tercia Frank Hickman . «Todo el mundo pelea por algo. Algunos buscan títulos de la UFC, otros perder peso». Él mismo lo demuestra: elevado a referente mundial de la lucha como entrenador de Volkanovski y Adesanya , reconoce que «en ocasiones disfruto más impartiendo clases a principiantes». El campeón australiano prepara su próxima defensa del título y rueda por el suelo con la camiseta empapada. La transpiración constituye aquí una divisa universal que no impide ningún apretón de manos. Brega con él Óscar Márquez, sevillano de 26 años con un récord de 3-0 que forma parte del equipo profesional de Bangtao. «Es un sueño hecho realidad, este es el mejor gimnasio del mundo». En el octágono principal, el brasileño Maurício Ruffy ensaya su famosa patada giratoria, pura plasticidad cinética, la misma que en noches de gloria impactó contra las sienes de Michael Chandler o King Green, dejándolos inconscientes al instante. Adquieren así sentido las palabras de Buakaw, leyenda del muay thai, quien caracteriza su profesión como «el equilibrio entre brutalidad y belleza». Para comprobarlo, acudo a una de las veladas de combates que Phuket celebra cada noche. El acomodador me conduce a un asiento en primera fila del estadio Bangla, tan cerca que puedo acodarme en el cuadrilátero. El espectáculo me cautiva de inmediato. No puede decirse que sea hermoso, tampoco que no lo sea: simplemente es real. O, como dijo Eduard Limónov a Chapu Apaolaza y Jorge Freire tras presenciar su primera corrida de toros en Las Ventas: «This is no contemporary bullshit» («esto no es una mierda contemporánea»). Gotas de sudor trazan la estela de cada lance y vuelan brillantes bajo la luz de los focos hasta acabar en mi regazo. El rejón moral se clava al descubrir rostros de niños pequeños en los carteles que anuncian futuros duelos. En Tailandia resulta habitual que estos empiecen a competir desde la más tierna infancia. «Es una manera de ganarse la vida y mantener a su familia», explica George. «Son propiedad de alguien, como un coche. Hay documentación registrada ante la autoridad deportiva. No pueden marcharse sin más, tienen que pagar para rescindir su contrato, que en el caso de un luchador de primer nivel puede llegar a valer un millón de bahts (26.000 euros) o más. Pertenecen al gimnasio, que se queda con la mitad de lo que ganan y a cambio les proporciona alojamiento y comida». Aquello que para los «farang» –guiris– representa un divertimento vacacional es, para tantos tailandeses, la única salida de la pobreza. Aprovecho una clase para preguntar al respecto a Kru Det y, de paso, tomar aliento. Este veterano entrenador empezó a combatir a los 9 años y colgó los guantes con 41. Hoy, a los 50, es incapaz de recordar cuántas peleas hizo. «Muchas», ríe. «Podía llegar a tener cuatro a la semana, a veces dos al día». Ni él ni otros instructores a los que consulto entienden por qué habría de parecerles mal que tantos forasteros aprendan muay thai y empiecen a conquistar campeonatos. Nadie lo interpreta como una apropiación cultural . Al fin y al cabo, para ellos enseñar supone un modo de vida más apacible que competir y, por encima de todo, en palabras de Kru Det, «más dinero». El potencial estratégico del muay thai tampoco pasa desapercibido para el Gobierno de un país, el octavo más visitado del mundo, donde un quinto de la economía depende del turismo. En 2024, Tailandia creó un visado especial para una serie de actividades culturales, entre ellas este deporte, que permite estancias de hasta 180 días consecutivos durante cinco años. «Lo que más me enorgullece de nuestro gimnasio es, en primer lugar, que cuidamos a nuestros empleados tailandeses, les tratamos de forma justa y les pagamos buenos salarios. Y, en segundo lugar, la atmósfera y la cultura que hemos creado», sentencia George. El entorno le da la razón. No deja de resultar paradójico, y revelador, que en un lugar destinado a la práctica de la violencia impere la bonhomía. Por Bangtao pasean gentes de todas las edades, de todas las nacionalidades, hombres y mujeres en afable convivencia. «En las colchonetas hay doctores, traficantes, policías… Todos están aquí juntos haciendo lo mismo». Sobre un banco del gimnasio un niño hace los deberes mientras sus padres se ejercitan, evidencia del trayecto de las MMA desde los márgenes de lo aceptable hasta el centro de la cultura popular. Quizá estigmatizar la confrontación física –reglada– no genere una comunidad más armoniosa, sino todo lo contrario. Quizá la popularidad de las artes marciales se deba a que son pura contracultura. Ante un mundo cuyo discurso público lleva décadas volcado en los derechos mientras obvia las responsabilidades, cuya economía y tecnología se han consagrado a la satisfacción inmediata de las más básicas pulsiones en una expansión infinita del placer, las MMA reivindican todo lo contrario: la búsqueda de sentido a través del sufrimiento voluntario. El sol se pone tras las palmeras de Phuket y la armonía sucede al combate con la cadencia de un orden ancestral. Reza la máxima que es mejor ser guerrero en un jardín que jardinero en una guerra, pero no haría falta recurrir al comparativo. Aun con la nariz dolorida, ser guerrero en un jardín no está nada mal.

Clique aqui para ver articulo original