Prefiero Amor Eterno («Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón, pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor») de Gustavo Adolfo Bécquer, pero reconozco que «Me gusta tu bigote» es una de las frases más bellas que he podido escucharle a nadie en un campo de fútbol. Eso le dijo Ortiz Arias a Raphinha poco antes de que empezara el partido entre Barça y Athletic, un «divertido momento» para los colegas de DAZN: mirad cómo me río. Debió ser igualmente divertido oír al árbitro madrileño diciéndole a Yamal «escucha, si le metes un pisotón que flipas», en referencia a una falta sobre Laporte. Unai Simón, absorto, le preguntó por qué no sacaba la tarjeta amarilla, y el colegiado respondió: «Pues he considerado que no». Súper mega divertido. Esperemos que algún día, pero sin prisas, le dé por considerar que sí. Estas cosas no benefician para nada al arbitraje español, el más desacreditado del mundo tras el escándalo de Negreira. Y, salvo que sea un caballo de Troya y pretenda dañar aún más al colectivo desde sus entrañas, tampoco entiendo muy bien a santo de qué viene ese interés de Fran Soto en obligar a sus chicos a llevar esa camarita delatora y traidora en la oreja. Puede ser una divertida (en el argot dazoniano) provocación: «Sí, efectivamente, somos aún peores de lo que pensábais». Es como si a Toni Leblanc le hubieran obligado a llevar una RefCam (y además horteras) en ‘Los tramposos’. Empero, la clave de todo reside en el verbo «considerar» utilizado por nuestro particular Clark Gable madrileño. Porque el árbitro no está para considerar nada, no se trata de un pintor simbolista ni estamos tampoco ante un escritor modernista. Un juez no tiene que ser creativo ni está obligado a mostrarnos su mundo interior sino que debe limitarse a aplicar el reglamento. Lo que uno espera, aunque con cierta tendencia al agotamiento ya, es que un árbitro con dos dedos de frente le saque tarjeta amarilla a un futbolista que acaba de dar un «pisotón que flipas». Estaré loco.