La camiseta con las dos estrellas de la selección española se ha vendido con la misma celeridad que la de color crema durante el campeonato del Mundo. No hay español , y mucho menos sevillano , que no roneé de tener en su poder una prenda para la historia. Porque no había un destino mejor elegido que la ciudad de Sevilla , la que mantiene los mejores porcentajes de victorias por partidos disputados, siendo la segunda ciudad española que más veces ha visto cómo la selección llega a sus puertas para ofrecer una nueva Copa del Mundo. Brillante. Reluciente. Como si se tratase del oro que hace cinco siglos desembarcaba en el puerto de la ciudad proveniente de América. Un nuevo Mundo donde el combinado nacional conquistó su segunda estrella. Todo estaba pensado, al parecer. Ha sido el propio Luis de la Fuente quién ha señalado a Sevilla y al estadio del Sevilla FC como escenario donde abrazar a esa afición que se ha vuelto a enganchar con el equipo de su país por primera vez como bicampeones mundiales. Y sobre todo había ganas de fútbol . De ver rodar un balón. Que el juego que realiza España no se detenga, por mucho que un parón tan largo provoque ciertas molestias en un país tan abrigado por sus clubes. Y qué decir de esa Sevilla , donde los amores están tan divididos. Ese sentimiento nacional que remarca el seleccionador, agitado ahora por esas generaciones jóvenes que muchas veces son más de estrellas que de clubes. De ese Lamine que sueña despierto con más oro, el de un balón que siente como suyo , mientras por el sur del país se pondera con mayor sentimiento la candidatura del palaciego Fabián Ruiz. Una selección que no es de nombres y sí de hombres, como ese seleccionador, quien se llevó quizás el mayor aplauso cuando su nombre sonó en la megafonía del estadio. Es lo que tiene conquistar la tierra prometida y, sin embargo, llevar a cuestas una mochila de incredulidad que ya ha desaparecido, pero lo que ha costado. Una conquista mundial que se veía incluso desde un tifo donde resaltaba una carabela que llegaba a la ciudad de Sevilla , con banderas de la selección y la leyenda ‘campeones del Mundo’. Que llegaba a ese puerto inimaginable de la ciudad de Sevilla. Con un campeón de 2010 entregando el testigo al actual capitán. De Jesús Navas, rey y leyenda de Nervión, a ese Rodrigo Hernández que representa a una España sin complejos, a caballo entre la insultante juventud de algunos de sus componentes y esa vieja guardia que ha ido desapareciendo de los planes del seleccionador. El estadio se emocionaba con esa imagen, con abrazo incluido del seleccionador al propio Navas, el único al que seguiría llevando en caso de estar aún en disposición de seguir compitiendo. La Centuria Macarena ponía el toque cultural y medio festivo de lo que iba a ser una fiesta. La Copa del Mundo estaba de nuevo en España, en esa Sevilla que ha sentido siempre la selección como un segundo equipo , en el buen sentido de la expresión. Como esa forma de hermanar a una ciudad dual que ahora disfruta con el ingenio del mejor equipo sobre la faz de la tierra. Porque no existe discusión en cuanto al nivel actual de España. Una selección de poderío y emoción , que transmite lo mejor de una generación a la que no se le adivina el techo. Sevilla abraza a España y le reabre su puerto para que los títulos futuros entren por donde lo hacían las carabelas hace más de cinco siglos. Una ciudad volcada con dos sentimientos y una misma pasión: el fútbol. De la selección.