Antes de la crisis de 2007 el negocio bancario parecía Jauja. Su crecimiento era portentoso, el número de oficinas y empleados aumentaba continuamente y el beneficio batía récords continuamente. Aunque, en realidad, bajo esa apariencia, había un abandono de los equilibrios de balance y una deficiente gestión del riesgo. Pero, desde entonces, parece como si alguien hubiera dictado una maldición sobre este sector, que no cesa de acumular circunstancias desfavorables.
Así, su reputación está por los suelos, tras abusar de la falta de formación financiera de los clientes. Y el poder judicial le golpea de continuo. Unas veces con bastante razón, como por ejemplo en el caso de la deficiente comercialización de las cláusulas suelo hipotecarias o las preferentes. Y otras -como en el caso del Impuesto de Actos Jurídicos Documentados- porque pasaba por allí.
También el poder político aprovecha, con elevados tintes de populismo, que los bancos aparecen como los malos de la película para castigarlos mediante disposiciones lesivas o impuestos nuevos. Y no sólo en España porque ahí tenemos, por ejemplo, la reciente iniciativa en México para limitar comisiones.
Incluso, a algunos extremistas no les basta con ello, sino que -en su ignorancia- reclaman más banca pública, a partir de Bankia. Parece que quisieran imponer criterios de gestión y de riesgo «políticos», en vez de profesionales, como si no hubiéramos tenido suficiente con las pérdidas de las cajas o del ICO durante la crisis.
Por otra parte, los reguladores no cesan de exigir más capital y multiplicar las normas. Es como un péndulo que se ha ido de un extremo al otro, tras un marco de regulación anterior ineficiente y la relajación de los organismos de control que propiciaron la crisis.
En fin, adicionalmente, el entorno hace que la rentabilidad sea deficiente, porque los tipos de interés siguen en mínimos y la demanda de crédito es moderada (el stock sigue decreciendo).
Y, por último, la revolución digital está cambiando cada vez más la función de producción bancaria y exige al mismo tiempo fuertes inversiones y reducción de costes tradicionales. Además, la amenaza de entrada al sector de gigantes tecnológicos, con ventajas competitivas, es una señal de peligro evidente.
En estas condiciones, la banca lleva tiempo comportándose mal en Bolsa. Los inversores huyen de este sector y, a los que aún mantienen acciones bancarias desde hace tiempo, les da incluso vergüenza reconocerlo. Como la rentabilidad difícilmente cubre el coste de capital, el precio promedio de Bolsa es inferior al patrimonio neto tangible (como promedio, P/VC del 94%). Y eso que esta magnitud contable ha soportado fuertes cargos directos (sin pasar por resultados), como las diferencias de conversión de inversiones en el exterior -enormes en SAN/BBVA y desapercibidas para muchos inversores/analistas o las minusvalías de cartera. Sin esos ajustes, la cotización bursátil solo superaría a los fondos propios en Bankinter (y el P/VC promedio bajaría hasta cerca del 60%).
¿No hay, pues, futuro para el sector? Tampoco es eso. Porque, aunque los bancos están siendo sometidos a una dura prueba, las entidades que sobreviven se muestran resilientes. Han aprendido de sus errores, han hecho los deberes -unas más que otras- y, actualmente, la gestión y el gobierno corporativo se han robustecido notablemente. También la relación con la clientela es completamente diferente, aunque quizás deba pasar aún algún tiempo hasta que el consumidor perciba estos cambios y la banca recupere el caudal de reputación perdido.
Por otra parte, algún día los tipos, por fin, subirán. Y, como las entidades han aprendido a funcionar con márgenes y tipos mínimos, aunque las elevaciones sean escasas, resultarán muy positivas. Además, la tecnología está reduciendo costes operativos, aunque aún haya amplio espacio (lo que propiciará integraciones, incluso transnacionales a largo plazo).
En definitiva, parece obvio que el negocio bancario no volverá a ser tan rentable, ni de lejos, como lo fue antaño. Pero parece que se han puesto las bases para que, al menos, acabe esa supuesta maldición. Si bien el entorno tendrá que dar su visto bueno.