¿Alguien se ha extrañado al menos durante medio segundo del tenso y hostil recibimiento que un nutrido grupo de empresarios del tejido productivo español hacía a Pedro Sánchez esta misma semana? Nadie. Seguro. Le estaban esperando. Le «tenían ganas», vamos. Y ninguno de ellos lo escondió. Unos setecientos líderes empresariales españoles, congregados en Valencia por la celebración del Congreso anual del Instituto de la Empresa Familiar (IEF), querían desde hace tiempo verse de nuevo las caras con el jefe del Ejecutivo. Se acabaron las fotos de posado. Tocaba cantarle las cuarenta.
El pasado verano, nada más aterrizar en La Moncloa, el flamante presidente del Gobierno pedía al colectivo en general -exigía, visto lo visto- un mayor esfuerzo, en forma de justicia social -como les gusta calificar a los socialistas-, para con aquellos que menos tienen. Hoy, la ayuda solidaria parece que tiene todos los visos de que se va a salir de madre. Extraño no es pues que con tanta agresión «fiscal» a la vista a aquellos que generan riqueza en el país, los ánimos estuviesen más que caldeaditos.
Sánchez además tuvo el arrojo de pintarles un panorama poco menos que idílico. Un entorno de fortaleza económica gracias a su gestión, con una senda «expansiva y robusta» para lo que queda de legislatura, siempre y cuando «sus» propuestas presupuestarias vean la luz. ¡Ahí es nada! Precisamente en un momento en el que muchos -todo el mundo, excepto el presidente y sus palmeros- atisban aires de desaceleración y dificultades económicas.
La frialdad de los allí presentes se hizo patente. El Doctor Sánchez fue despedido de la sala principal del Palacio de Congresos de Valencia con un silencio sepulcral. Ni un solo aplauso. Una reacción que contrastaba con la ovación que le brindaban veinticuatro horas antes en el mismo lugar los empresarios a Felipe VI al grito de «Viva el Rey».
Sánchez fue a lo suyo. A su libro. A quedar bien ante las cámaras, en los medios, y, por tanto, a por votos. ¿Buscando el aplauso y el apoyo entre empresarios con la que tiene montada fiscalmente hablando? ¿De verdad?
El caso es que no solo el presidente está en esto. Lo están todos. A la caza y captura del voto. Y para ello tienen las palabras como arma. Pero, ¿qué mueve a los ciudadanos de un país querer ejercer su derecho a voto en época electoral? ¿Se mueven por la motivación de sentir cierta empatía hacia uno u otro sujeto al que se estudia dar «su» voto? ¿Ejercerlo es un acto cargado de significado cultural, como fiel reflejo de las costumbres, hábitos, preferencias, y filias o fobias políticas del votante? De todo un poco.
Empecemos por reflexionar por la definición de la propia palabra. De acuerdo a Wikipedia (para evitar plagio señores, que no quiero ser comparada con nadie…), el voto es el acto por el cual un individuo expresa apoyo o preferencia por cierta propuesta, candidato o selección de candidatos durante una votación, de forma secreta o pública (la mecánica lógica y honesta de elegir a sus representantes, ¿le suena señor Sánchez?). En definitiva, un reflejo del propio votante, con su pasado, su presente y su futuro, susceptible de ser captado por uno u otro líder político y su equipo.
Ahora bien, dónde y cómo se genera el voto… es otro cantar. De hecho, ha sido una incógnita no resuelta definitivamente por la ciencia política, aunque hay hipótesis por ahí que plantean que el voto se genera en la conversación y que son varios y distintos los factores que inciden en su motivación y orientación… Y en esas que aparecen los políticos, su verborrea y sus sensaciones, que intentan dirigirlo hacia su propuesta.
Ahora bien, esas sensaciones que tienen unos y otros, sean del color que sean, son las que deciden el futuro de los españoles, que a su vez decidirán con sus votos quiénes les gobernarán. Siempre y cuando se respete el lógico y preferente funcionamiento democrático para elegirlos (¿lo pilla de nuevo presidente?). El tema es que ahora «nuestros» políticos están de caza y se les está viendo mucho el plumero. A todos. Buscan número de votos sin reparar en el bienestar de las personas. Esas que les otorgan su confianza con su voto.
También esta misma semana, los dos partidos de derechas, como les gusta decir a los de izquierdas, han escenificado su ruptura. Cada cual, en busca del apoyo de sus votantes. O esos que creen que lo son o les gustaría que fueran. El presidente del Partido Popular, Pablo C
asado, ha decidido «derechizarse» más ante el peligro que supone el avance de las simpatías hacia Vox -más a la derecha aún-, y el resto de votos que, por tanto, le costaría, mientras el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, se ha plantado en seco y ha anunciado que no seguirá bloqueando de salida junto al PP la tramitación de los Presupuestos Generales del Gobierno de la coalición de izquierdas, liderada por el presidente socialista Pedro Sánchez, y de su vicepresidente en funciones Pablo Iglesias, líder de Podemos. Y es que el presidente del grupo naranja no ha ocultado su incomodidad por el papel de «bloqueador» que le atribuye el Gobierno a «las derechas», en alusión precisamente a la pinza que le han otorgado los más de izquierdas a PP y Cs.
El caso es que al final el pastel tiene las porciones que tiene, y se tienen que repartir. Y al final los votos se decantarán hacia una u otra papeleta dependiendo de las promesas que unos y otros hagan y a quiénes vayan dirigidas. De ahí que se quieran posicionar más hacia la derecha o más hacia la izquierda dependiendo también de a quién pueden arrebatar la porción a sumar en la votación final.
Decía el artista vanguardista francés Francis Picabia que «nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección». Y de eso se aprovechan nuestros políticos. Según les venga bien, así cambian de opinión, y de color ideológico si se tercia, para enganchar votos. ¿Alguien cree que están pensando en aprobar los Presupuestos? Todos tienen la cabeza puesta en las próximas elecciones y el robo de votos. ¿Que levante la mano aquel que advierta el descarado cambio de pensamiento de nuestros actuales políticos? Vislumbró un bosque de brazos.