Había en América Latina un hombre llamado Simeón, que era bueno y piadoso. Su fe le había enseñado a soportar las calamidades de la vida sin desesperarse y el Espíritu Santo estaba en él y le daba paz en su corazón y le hacía sonreír aun en los momentos más duros y difíciles y no perder la esperanza en medio de su lucha.Él esperaba los tiempos en que Dios atendiera a su pueblo y los males que lo aquejaban: el hambre y el alto costo de la vida, las injusticias, el abuso de los poderosos, la corrupción administrativa y a dependencia extranjera. Y sabía por una revelación del Espíritu Santo que no podía morir este país antes de haber visto a los hombres nuevos que el Señor enviaría para realizar la liberación de esos males, la liberación que Él había prometido que no faltaría a su pueblo.Vino, pues, al templo, inspirado por el Espíritu Santo, a la Misa del Gallo, para cumplir la costumbre de la Iglesia de celebrar el Nacimiento del niñito Jesús al filo de la medianoche. Simeón lo tomó en…