Al filo del mediodía del jueves 12 de marzo, Nicolás Maduro con voz grave y cara de pésame, rodeado de militares, le metió el pie al acelerador del terror. Aunque lo negó, nadie se chupó el dedo. La sospecha estaba confirmada. Quizás lo planificó así, con ese desprecio por la gente que le es tan propio.