Todos los días todo el mundo -casi literalmente- quiere conocer los datos: cuántos infectados del nuevo coronavirus hay, cuántas muertes por COVID-19 se han acumulado. Y al mismo tiempo pocas veces en la historia las cifras han sido tan dudosas. Ningún gobierno —hay excepciones, como Islandia o Corea del Sur— ha podido desplegar la cantidad de pruebas para detectar el SARS-CoV-2 que hace falta para generar estadísticas confiables, entre los vivos o entre los muertos, y en las grandes ciudades como Nueva York se han registrado 11 veces más fallecimientos domiciliarios que normalmente, un indicador de la incidencia directa e indirecta de la pandemia.
