Cuando cumplía los diez años de edad, mi tío Juan José Capriles Ayala, me llevó a dar un recorrido por el paseo de Los Próceres en Caracas. A lo largo de todo ese espacio predominaba la presencia de efectivos militares, muchos de ellos exhibían en su pecho medallas de reconocimientos por los servicios prestados. Uno que otro oficial de alto rango llevaba colgadas a su casaca decenas de medallas, era como una vitrina ambulante aquel destello de luces que causaban dichas preseas.