Canto de fraude

El 20 de noviembre del 2006, en un viaje a México, quedé envuelto en medio de las bullas en los alrededores del Zócalo por la autodeclaración de Gobierno Legítimo de Andrés Manuel López Obrador, quien no aceptó los resultados de las elecciones del 3 de julio, se declaró inconforme y pidió el recuento de votos, tras un muestreo que indicaba posibilidad de fraude en favor del candidato del partido oficial, Felipe Calderón. El AMLO de “tengo las manos limpias” perdió las elecciones cuando apenas tenía 53 años, y en lugar de acatar y esperar paciente por una nueva oportunidad, se expuso creando un gobierno paralelo a la sombra. El taxista que nos sacó del Centro Histórico fue contándonos apasionado el caso de su candidato, porque le habían robado las elecciones, pero estaba dando patadas de ahogado.

De haber acatado el fallo quizá hubiera ganado fácilmente las elecciones del 2012, pero perdió apoyo, y tras miles de cambios y negociaciones se desgastó y perdió por segunda vez abriendo el espacio al retorno del histórico PRI con Enrique Peña Nieto, que hizo una campaña de farándula, y facilitó la resurrección de AMLO en su tercera oportunidad, la de “juntos haremos historia”.

Las noticias de los Estados Unidos en las elecciones recientes recuerdan el clima que se vivió en México en el 2006 con los recuentos, acusaciones, inconformidad, basados en el canto de fraude, mala palabra para la Democracia. Dos candidatos están pendientes de un hilo, entre declarar ganador y asumirlo, o a punto de enredarse en reconteos y dudas sobre la eficiencia del sistema. Señalar fraude en los Estados Unidos deslegitima a la potencia. 

Lo que queda claro es que no existió en las pasadas elecciones en el norte una opción arrolladora, porque el equilibrio expresa incertidumbre, como si una u otra opción fueran lo mismo. Una elección se define cuando un candidato marca una diferencia clara, sin lugar a dudas. El presidente republicano en el poder arrastró emociones dramáticas a su favor y en su contra, porque a unos les cae bien y a otros mal, por lo que votaron a su favor o en su contra, más por el sentido mercadológico que por su visión. Los demócratas jugaron una posición pasiva, dependiendo de sus bases tradicionales y del resultado de imagen de su contrincante. Pero al final de cuentas, la nación más poderosa del mundo es un organismo vivo, y sus mandatarios están sujetos al curso de la historia. Algo cambian, son más pacíficos o beligerantes, pero el curso ya está trazado.

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Author: Maria Suarez