Y que no nos deben venir “del norte”. Una única meta, un único anhelo, del actual presidente de los EE. UU., es ganar. Trump no puede pensar en ser un “loser”, un perdedor o fracasado. Eso a lo largo de su vida, aunque la vida le ha deparado varios fracasos, seis quiebras en concreto. Pero él creció con esa convicción, con esa pasión, fue formado así. Sin miramientos, sin ninguna consideración hacia nadie, pasando por sobre quien o sobre lo que haya que pasar: lo único que cuenta para él es ganar.
Eso es tan así, que hasta a los héroes de guerra que ofrendaron sus vidas por causas nobles, por su patria, por valores muy altos y universalmente reconocidos, sobre todo en terribles momentos que ha vivido la humanidad, a esos héroes Donald Trump los ha minimizado, despreciado, degradado o denigrado vilmente, calificándolos como “losers” (perdedores). Y “babosos” (porque no encuentro mejor traducción, sobre todo en buen chapín, para la palabra “suckers”.
Hoy la democracia en el gran país del norte se encuentra sitiada, gravemente amenazada. Hay un candidato ganador, y, por supuesto, otro perdedor. Por supuesto, el perdedor es el actual presidente. Pero Trump no puede o no logra aceptar la derrota y se la pasa interponiendo denuncias judiciales de fraude sin pruebas, denuncias que una a una son rechazadas por los jueces como frívolas, absurdas e improcedentes y significa retar a su nación, a su partido, al mundo, y exhibirse a sí mismo en una forma ridícula. O bien, si se quiere, patética.