Hay un viejo refrán que plantea: “¿El pañuelo se hizo para la nariz o la nariz para el pañuelo?” Esto, llevado al mundo de la economía, sería: “¿La economía se hizo para el hombre o el hombre para la economía?”. Y finalmente, preguntaríamos si se trabaja para vivir o si se vive para trabajar. Y aunque la respuesta parezca obvia, en realidad no lo es, ya que, en la infinita mayoría de casos, la segunda afirmación de cada una de esas interrogantes es la que impera en un mundo en el que el valor del capital y de los mercados está siempre por encima del valor del trabajo y de la convivencia humana.
Mi madre, que fue una viuda joven que trabajó duro para sacarme hacia adelante cuando yo era adolescente, se privó de muchísimas cosas de las cuales yo sí gocé (estudios, mundo, viajes, tiempo, libros, amigos) gracias a su férrea voluntad y a –por lo menos– doce horas diarias de trabajo personal en su taller de costura durante muchos años. Como ya venía entrenada para el trabajo duro por los años de juventud durante la guerra civil española y en la Segunda Guerra Mundial, nunca se quejó de ello, pero creo que perdió en parte el gusto por los placeres sencillos de la existencia, habiéndose convertido en una esclava del trabajo.
Jamás olvidaré el día en que después de haber entregado mercadería en el Comisariato del Ejército, al subirnos al automóvil que estaba parqueado a orillas del Campo de Marte, yo observé la maravillosa Luna que en ese atardecer de noviembre decoraba el cielo con su resplandor lechoso y le dije: “Mamá, mira la Luna, ¡qué bella!” Y entonces ella, todavía con su estruendoso acento español, me soltó a quemarropa: “¿Pero tú crees que yo tengo tiempo para estar viendo lunas? ¡Tengo muchas preocupaciones en la cabeza como para fijarme en tonterías!”.
Confieso que me mató. Fue como si me hubiera dado una hostia (palabra que en España quiere decir bofetada) en plena cara. Y hasta la fecha, todavía recuerdo su bello rostro agitado tratando de demostrarme que, en este mundo, si quieres sobrevivir, tienes que dejar de lado los placeres de la estética y del ocio para entregarte en cuerpo y alma a las actividades de la idiotización, como efectivamente terminó haciendo -igual que millones de mujeres–, al ponerse a suspirar por una vida prestada a través de las famosas telenovelas y otros programas embrutecedores.
Si hay algo que me hace aborrecer profundamente el sistema capitalista, es que debas empeñar tu vida, dar tu vida, pasar tu vida entera, trabajando para comprarte unos cuantos derechos humanos que pagarás el resto de tu existencia a los patronos y a los bancos, mientras la vida, la otra vida posible y real, pasará frente a tus narices y ni siquiera te habrás dado cuenta.