“Infortunada Guatemala, con tus suaves cielos” escribió en el exilio Rafael Landívar sobre su patria a fines del siglo XVIII luego de los terremotos en La Antigua. La partida de los jesuitas significó para los pueblos originarios en las colonias hispanas quedar propensos al despojo de sus tierras. Eso venía de tiempos de Pedro de Alvarado y siguió así, con un paréntesis intercultural entre 1839-65, hasta la caída de Ubico en 1944.
En Guatemala el régimen liberal inaugurado por Barrios en 1871 mantuvo la esencia despótica como en otros países del Istmo, con tiranos de turno, excepto en Costa Rica. En 1944 Estados Unidos les retiró su apoyo y favoreció el cambio porque apoyaba las libertades de la Carta del Atlántico contra el nazismo, estando por finalizar la II Guerra Mundial. Así, dispuso retirar su apoyo a los dictadores Jorge Ubico, Maximiliano Hernández, Tiburcio Carías y Antastacio Somoza, para prevenir el caos de una revolución popular, pues latía el descontento hacia los tiranos de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.
Ese mismo año en Costa Rica se elevaron las diferencias entre los gobiernistas del democristiano Rafael Ángel Guardia y sus opositores como ‘Pepe’ Figueres, mientras los cambios democráticos en el Istmo se hicieron sentir allí. Pero Somoza se hizo los quites de Washington para mantenerse en el poder manipulando elecciones fraudulentas al tener el control del tribunal electoral y a puso un presidente títere. Este, empero, lo destituyó como jefe de la Guardia Nacional como quería “la embajada”, pero Somoza le dio un golpe de Estado. Washington tuvo que aceptar esa realidad y lo dejó tranquilo porque se inició la Guerra Fría y el anticomunismo en 1948, al punto que Washington favoreció a los nazis y fascistas, oh paradoja, por ser anticomunistas.
Entretanto, el nuevo presidente de Guatemala, Juan José Arévalo, en 1945 no aceptó que la historia era destino y decidió alterar la ruta del Estado represor por un Estado democrático con libertades consagradas en la nueva Constitución. Y llevó cultura y educación a las masas analfabetas (noventa por ciento de la población), mientras en Costa Rica el nivel educativo era superior y más libre sin un pasado autoritario. Figueres obtuvo de Arévalo las armas que le pidió e hizo su “revolución” de 1948, condicionado al compromiso de atacar luego a Somoza, pero no lo hizo, y siguió reformando el Estado tico sin ejército. En 1951 Árbenz en el gobierno dio un salto adelante antifeudal con su reforma agraria. Sin tornarse dictador, como pudo haberlo sido, quería una Guatemala menos polarizada parecida a la costarricense, pero su error fue afectar parte de las tierras de la estadounidense UFCO. en plena Guerra Fría de EE. UU. contra los comunistas, mientras los asesores principales de Árbenz lo eran. Uno compró armas en Praga por tres millones de dólares del presupuesto militar. Washington apoyó la reforma agraria de Bolivia porque su gobierno no confiscó ninguna empresa estadounidense ni había un comunista alguno en el gobierno. Si eso hubiera hecho Árbenz hubiera seguido la ruta de Costa Rica, pero ese error tuvo un costo enorme y Guatemala no pudo escapar de su pasado. A la caída de Árbenz en 1954 la reacción retomó el poder. Florecieron las raíces de la Patria del Criollo y sus estructuras represivas y de rapiña. Richard Adams y sus asistentes de la Universidad de Austin estudiaron las políticas de Guatemala hasta 1966, su demografía, el ejército, los factores económicos y diplomáticos que, según ellos, llevaron a la tragedia a la mayoría y con la aprobación de Washington, sin gobernanza, sin instituciones para favorecer el bien común y con el CACIF dentro del Estado.