La semana pasada quise ofrecer en este espacio una muy breve explicación, a manera de un “abc”, sobre el tema de la reforma constitucional ante la cada vez más frecuente referencia a la necesidad de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente. Al final de dicha columna, y dado que toda iniciativa para reformar cualquier artículo “reformable” de la Constitución Política de la República de Guatemala, pasa de una manera u otra, por un debate en el Congreso de la República, y dada también la composición mayoritaria actual de dicho organismo, cerraba el texto con la pregunta si estaremos amolados ante un posible escenario de reforma constitucional.
Recibí algunas respuestas, pero una que me pareció muy elocuente y desarrollada, fue la del jurista guatemalteco Arturo Martínez Gálvez.
Luego de leer sus apreciaciones en el correo que tuvo a bien enviarme, me dejó sumido en profundas reflexiones y consternaciones. Fue tal el impacto que me causó, que inmediatamente pensé en pedir su autorización para publicar su respuesta, y efectivamente me la concedió. Así que esta columna se trata realmente del texto de don Arturo, que a continuación transcribo:
‘Sí mi estimadísimo colega, amolados estamos. Hablar de reformas constitucionales sería un suicidio de la enclenque democracia que tenemos, que está por morir, si no es que ya está muerta. Una reforma constitucional sin verdaderos partidos políticos que no los hay, sería prácticamente matar lo poco que queda de la institucionalidad, que tampoco la hay, porque estamos francamente en una anarquía: de hecho no existen los tres poderes del Estado, sólo existen fuerzas de poder para satisfacer intereses propios. No existe ni por asomo lo que enseñan Habermas (teoría de la acción comunicativa) y Rawls (teoría de la concertación), Guatemala políticamente está hecha pedazos. Hablar de reformas constitucionales es un verdadero dislate, un chiste de mal gusto. Para que haya reforma constitucional tiene que haber, entre varios elementos, un techo ideológico, que no lo hay, ni una nitidez impoluta de los autores. Una reforma constitucional donde no hay partidos políticos ni ciudadanía es peligrosísimo, es llevar a Guatemala al garete, es hacer de un elefante una hormiga o viceversa, y tratándose de una Constitución es romper con el orden constitucional mismo, porque se pierde la sistemática. No olvidemos que las Constituciones escritas se caracterizan por su rigidez, por lo que una vez entrada en vigor, la cosa se vuelve terrible. Saludos mi querido amigo’.
Y a todos los argumentos que se brindan en esta implacable respuesta, lo único que yo agregaría es que, tanto la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente como una Consulta Popular, pasan por un costoso evento electoral dirigido por un cada vez más cuestionado Tribunal Supremo Electoral. Amolados estamos.