Estamos hartos del ambiente inhóspito que provoca la clase política guatemalteca. Cansados de tantas movidas sucias. Arrastramos las consecuencias de una democracia mal construida, porque salimos de una crisis y entramos a otra peor. Es más, siempre decimos que no puede haber otra crisis peor u otros políticos más nefastos, pero siempre las hay y lo son.
La política mafiosa lo único que hace, cuerpo a tierra, es proteger sus privilegios y los intereses de las élites a costa de la pobreza y el hambre. La más reciente abofeteada al pueblo fue el Presupuesto 2021, que, literalmente, fue el fósforo que prendió las últimas protestas. El presidente Giammattei y la actual legislatura, a excepción de unos diputados y diputadas que votaron en contra, creían que iban a poder aprobar el presupuesto sin que nos diésemos cuenta. Tal vez pensaron que, como estamos en pandemia, estaríamos vigilando al estilo Consuelo Porras. Pero la ciudadanía, conformada por nuevas generaciones valientes, evidenció que su sentido mayoritario es progresista y que no tiene miedo. El ímpetu y la fuerza de las consignas en la plaza dejaron claro que, pese a todo, el poder es del pueblo.
La corrupción sigue siendo la protagonista habitual de las protestas, por eso es importante que recordemos lo que pasó en el 2015 y que aprendamos las lecciones. El hartazgo no cambia nada, impulsa, eso sí, pero el pueblo y los colectivos sociales deben, debemos, organizarnos. ¿Qué reclamamos? ¿Seguimos exigiendo “reformas estructurales” sin que nada cambie? Tanto hablamos del sistema, de refundar el país, de convocar a una constituyente, de replantear los principios y reglas democráticas, pero nunca vamos más allá de lo abstracto. ¿De qué sistema estamos hablando? Discutamos del modelo económico, por ejemplo, o de estructura de clases, de racismo, de élites, del CACIF y todo lo que tiene que cambiar.
La política ha sido un bucle entre crisis e intentos fallidos de iniciativas que pretenden justicia social, el bienestar de la mayoría, la transparencia y la lucha contra la corrupción. Hemos tenido lo que en inglés llamarían ‘critical junctures’, que, en castellano sería como aquellos momentos decisivos para cambiar el rumbo de la institucionalidad y del sistema. En nuestro caso, las élites se han encargado de bloquear esas oportunidades. La agenda de los Acuerdos de Paz y las protestas del 2015, por ejemplo.
Nuestra endeble democracia necesita cimientos reales. Es muy importante que los colectivos sepan articular los reclamos, unirse. Si las demandas quedan indefinidas, entonces ni siquiera lograríamos hacerle cosquillas al dinosaurio. Dejemos lo abstracto a un lado. Si hay intereses comunes, hay que organizarse políticamente y buscar consenso. Somos mayoría, encontremos los canales y resortes comunicativos.
Organizarse es urgente porque somos un país en el que no ha habido ninguna formación política. La derecha nos ha gobernado con una neurona y se ha apoderado de lo público desde siempre. La izquierda, en el mejor de los casos, está condenada a tratar de sobrevivir cada elección para que no desaparezca completamente. José Ortega y Gasset ya nos invitaba: “jóvenes, haced política, porque si no la hacéis se hará igual, y posiblemente en vuestra contra”.