El Gobierno de Guatemala entró en el atolladero político y perdió mucho de su capital popular. El manejo de la aprobación de parte del Congreso, a quién se percibe como aliado de conveniencia del gobierno, y la percepción de corrupción, falta de transparencia y amiguismo en el Organismo Ejecutivo, terminaron de empeorar las cosas. Ante el panorama de protestas continuadas y una estrategia equivocada en el uso de la fuerza pública, había necesidad de una reflexión profunda. No importa si la reflexión nace de las más altas autoridades, del temor de algunos de sus aliados o de la capacidad de influencia de ciertos actores. Es una señal muy positiva que se realizara la conferencia de prensa conjunta entre el presidente y el vicepresidente y, por supuesto, que empiecen a concretarse acciones que enmienden el camino hacia adelante.
Recuperar el balance no será fácil ni inmediato. Es positivo el receso de la Navidad y el fin de año, es la oportunidad para organizar la estrategia y poder presentar un plan coherente y efectivo a la población en enero próximo. La respuesta pasa por una transparente elección de las Cortes; por una efectiva reestructuración del presupuesto; por cambios en la composición del Gabinete y la supresión anunciada del Centro de Gobierno, pero necesitarán también trasmitir la voluntad de impulsar reformas de fondo al sistema institucional que está muy debilitado; que las prioridades sociales sean efectivamente atendidas; que se pare el botín político y oscuro en la obra pública, las medicinas y las plazas fantasmas; a la vez que se apoya al Superintendente de la SAT a lograr mejorar la recaudación, el próximo año, con las iniciativas que ha implementado; y que pueda impulsarse un plan de reactivación económica y atención social que sea coherente y agresivo.
Los que buscan el cambio total del sistema, nunca se darán por satisfechos con cualesquiera de las reformas y mantendrán el esfuerzo por la presión popular en las calles. Es válido y legítimo en una democracia. Debiesen, sin embargo, recordar las batallas perdidas en el pasado por pretender tantos cambios y acciones simultáneas que los han terminado por marginar y debilitar su fuerza. Por otra parte, existirán los sectores que quieren cambios de forma sin que cambie el sistema. Los que continúan predicando que es tema de personas y no del sistema, coyuntural y no estructural, a pesar de las evidencias de la infiltración del estado por fuerzas oscuras y el creciente poder de fuerzas del crimen organizado en las instituciones y políticas públicas. Es urgente administrar el cambio sin caer en ninguno de los extremos, los absolutistas y los defensores del ‘status quo’.
Es fácil entrar en una crisis política, máxime con el descaro de los diputados y la prepotencia en uso de la fuerza pública, pero es difícil salir con éxito de estas crisis para los gobiernos. Para uno que no cumple todavía ni su primer año de gestión, es fundamental poder recuperar la capacidad de ser fuerza de transformación positiva y no sucumbir en la ingobernabilidad. Si se logra brindar confianza, se podría contar con el tiempo necesario para que los liderazgos nacionales ampliados puedan discutir sobre las reformas constitucionales que se requieren para poder salvar el sistema, fortalecerlo y hacer viable el desarrollo sostenido e inclusivo en el país. Ojalá puedan salir con éxito de esta crisis, no con discursos sino con acciones concretas recordando todos que “Vale más un año tardío que un siglo vacío”.