La agenda expresada en los Acuerdos de Paz, suscritos en 1996, constituye el último referente de consenso nacional en el que diversos sectores poblacionales aportaron elementos que, desde diversas perspectivas, abonaban a enfrentar algunas problemáticas estructurales que generaron el conflicto armado interno.
En los últimos años se ha escuchado voces de quienes proponen una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) como un momento/proceso que posibilite la instalación de una nueva forma de organización social y política para este territorio.
A fin de que dicha ANC sea en realidad un proceso significativo en la búsqueda de transformación social, ha sido definida con diversos distintivos: popular, plurinacional, paritaria, anti-patriarcal, anti-colonial. Todas estas características están colocadas desde las propuestas de futuro que hacen diversos movimientos sociales, comunidades y pueblos, al igual que en el reconocimiento de la historia de colonización y opresión, con miras a construir un país sustentado en el bien-estar de la mayoría de la población y no en los intereses de algunos pocos.
La discusión de este nuevo pacto político podría ser un hito que permita vincular los análisis y alternativas desde diversas lecturas de la realidad. Elementos importantes a debatir y acordar son, entre otros, las dimensiones del alcance que tendrá el espacio que deliberará y acordará el contenido, así como el contenido mismo de dicho pacto; en el entendido que es tan importante el proceso como el resultado. Asimismo, cabe resaltar algunos retos que tenemos para lograr que se concrete esa posibilidad, misma que redefinirá de alguna manera el carácter y objetivo de un nuevo modelo de organización social.
Dos requisitos indispensables en esta ANC son: Paritaria y con objetivos anti-patriarcales. Según la composición de la población, este reto significa que por lo menos la mitad de quiénes construyan la nueva constitución sean mujeres, que más de la mitad pertenezca a los pueblos originarios y sea menor de 30 años. También implica que se analice la forma en que se han construido las subordinaciones, que utilizan los cuerpos y la energía de trabajo de las mujeres y los pueblos originarios para el enriquecimiento empresarial; en la perspectiva de eliminar el servilismo, el acaparamiento de tierras y por supuesto el uso de la violencia como forma de control social con el que se ha construido el Estado guatemalteco.
Otro debate importante que nos reta a la población ladina, es lo referente a nuestra identidad como pueblo, asumiendo que lo ladino es una construcción que proviene de una aspiración a ser lo que no somos; por lo tanto, es necesario perfilar cuál podría ser la ruta que nos tracemos. En este sentido, hay que discutir sobre si la adscripción a las cosmovisiones de los pueblos originarios pueden ser la ruta para un Nuevo Pacto Político, sobre todo porque estas concepciones tienen principios y valores que, de manera holística y profunda, impulsan nociones que nos pueden iluminar en un cambio de paradigma; por ejemplo, los elementos de la organización comunitaria como referente para una nueva organización social y política.
Esa ANC podría ser muy bien, un regalo de paz.