Consternación

Gran consternación ha causado esta semana en Estados Unidos el tiroteo a mansalva protagonizado por un joven de origen latino en una escuela de Texas causando la muerte de veintiuna personas, de las cuales diecinueve eran niños y niñas. Este trágico hecho viene a sumarse a la lista cada vez más amplia de acontecimientos similares que se producen constantemente en el gran vecino del norte, sin que hasta ahora, a pesar de algunos infructuosos y tímidos intentos, jamás se haya podido prohibir la venta “democrática” de armas.

Claro, el tema central de discusión que volverá a ponerse de nuevo sobre la mesa es por qué diablos no se logra cambiar la enmienda que figura en la Constitución de ese país y que permite la adquisición indiscriminada de armas. Es un tema de difícil solución, primero porque la posesión de armas es un derecho constitucional y tiene muchísimos defensores a lo largo y ancho del territorio, y porque los consorcios fabricantes de armas son uno de los ‘lobbies’ más poderosos de Estados Unidos, que lucharán “a muerte” para que no se les limite su jugoso negocio. 

Pero más allá de este factor importante, aunque relativamente superficial, ya que hay países en el mundo en los que las armas son también fáciles de adquirir, como es el caso de Canadá, pero donde no hay tantos homicidios como en los Estados Unidos, o en Suiza, donde cada persona que hace el servicio militar guarda su arma en casa sin que esto sea un problema, hay otros elementos que constituyen el verdadero fondo del asunto, y tienen que ver con el modo de vida norteamericano, es decir, con el modo de funcionamiento de una sociedad de mercado salvajemente capitalista, que crea carencias y abismos fundamentales tanto en la repartición de la riqueza como en la repartición de la educación y de la salud, favoreciendo al final, el surgimiento de amplios bolsones de pobreza, de marginación y de patologías psiquiátricas diversas.

Es decir, el problema no son propiamente las armas, sino lo que hay en el cerebro de los que las compran. Y lo que suele haber en esos cerebros es todo aquello que ha sido implantado o sembrado por una cultura o una manera de ver e interpretar el mundo, por creencias y valores y prácticas vigentes en esa sociedad, vehiculadas por la familia, la escuela, y por la ideología dominante en una sociedad en la que la prioridad número uno es vivir para trabajar y no trabajar para vivir.

Si examinamos detenidamente la biografía de cada uno de estos asesinos en serie descubriremos que, al final ellos son, podría decirse, las víctimas inconscientes o el producto residual de un sistema profundamente inhumano que produce, inevitablemente, efectos solapada y grotescamente perversos: enajenación, soledad, sufrimiento y locura.     

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Author: Maria Suarez