Las declaraciones vertidas supuestamente por el presidente Giammattei en relación con alguna de las agencias de cooperación estadounidenses apuntan hacia un problema más profundo. Sin entrar a conocer la validez de los argumentos supuestamente expuestos por el Presidente, si algo es cierto en relación con la Ayuda Oficial para el Desarrollo, nombre exacto de la cooperación, “no todo lo que brilla es oro”. Las propias organizaciones cooperantes en 2005, mediante la Declaración de París sobre la Eficacia de la Ayuda Oficial para el Desarrollo, reconocen este hecho y se comprometen a observar un conjunto de principios guía para optimizar el manejo de estos fondos. Según el principio de alineación de esta declaración, los donantes están obligados a orientar su cooperación en función de las estrategias de desarrollo de los países que reciben la ayuda. El principio de rendición recíproca de cuentas establece que los países en desarrollo y los donantes son mutuamente responsables de la administración de la ayuda y del logro de los resultados esperados. Es decir, la cooperación es bienvenida siempre y cuando coadyuve a la estrategia general de desarrollo del país; en caso de no hacerlo, los cooperantes no deberían utilizar el poder que les confieren los recursos pecuniarios para influir en la agenda de desarrollo en una dirección determinada, así como no deberían desarrollarse proyectos en los cuales no existan responsabilidades compartidas entre donantes y receptores.
En países pobres, donde severas limitaciones presupuestarias coexisten con grandes tramos de la población que no llenan sus necesidades básicas, la actitud típica de los gobiernos en relación con los recursos que provee la cooperación, ya sea que se trate de préstamos o de donaciones, es la de “a caballo regalado no se le mira el diente”. Lamentablemente, tal como lo describe Alberto Olmos, galardonado escritor español, de manera magistral en su libro Ejército enemigo, la industria internacional de la solidaridad en la práctica no es tan efectiva, desinteresada e independiente como generalmente creemos y como muchas organizaciones acostumbran hacerse ver ante nuestros ojos. La aceptación pasiva e irreflexiva de todo tipo de fondos de cooperación, sin evaluar su efectividad y consecuencias, intencionadas y no intencionadas, termina siendo más fuente de problemas que de soluciones reales. El incidente en cuestión apunta hacia la necesidad de que todas las partes en este problema cumplan la parte que les corresponde y que, sobre todo, esos fondos se traduzcan en mejoras efectivas, sostenibles y eficientes para los problemas de la población objetivo de los mismos.