“José… los Aycinena son parte de mi grupo pero quieren una independencia diferente a la democrática que nosotros creemos, más cerca de la que tiene el Gobierno liberal en Madrid. Se nos unen porque solo desean cortar el cordón umbilical que nos une a España.
“Ya me imagino, Pedro, pues nuestro deseo es cambiar el mundo, mientras a ellos solo les preocupa mantener sus privilegios. Creo, que El Amigo de la Patria nació para darles luz a ellos y para rebatir algunas de sus ideas publicadas de El Editor por superficiales”.
“Le he respondido pero sé que nuestros diarios luchan contra el sistema colonial, y en eso comparto todo lo que usted dice, sobre todo cuando se refiere a la legislación casi feudal de las encomiendas del pasado, de mantener en pupilaje perpetuo a los indígenas y de mandarlos a trabajos forzados, mientras impide el comercio entre las colonias para beneficiar a Cádiz”.
“Por eso, amigo Pedro, aprovechamos la libertad de imprenta para avanzar y transformar este sistema injusto, pues tenemos una elite ignorante que desconoce a Adam Smith, a David Ricardo, a Bentham y los avances del comercio libre, que engrandece a las naciones y a la democracia. Bentham pide la abolición de la esclavitud. Por ello le propongo que cambiemos el nombre a nuestros partidos de “gasistas” y “cacos” por el de “aristocráticos” y “demócratas, ¿qué le parece?”.
“Excelente”, sonrió Molina, “pues es claro que la elite comercial es diferente a la clase media estudiada como yo, diferente a los latifundistas provincianos como usted José. En nuestros diarios aplaudimos la libertad de prensa y el fin de La Inquisición y del Santo Oficio que la restringía, un marco claro para orientar a los lectores hacia una sociedad democrática y libre. Ese cambio de nombre se los propondré a mis amigos José María Castilla, José Felipe Flores, Marcial Zebadúa y Francisco Barrundia, que anhelan la independencia tanto como yo”.
Al llegar a la casona de Valle pasaron por el zaguán a un amplio salón donde Molina quedó maravillado al entrar pues allí brillaba la gran biblioteca que parecía un santuario de las ciencias con más de 2 mil volúmenes en las estanterías de finas maderas y con más en las gavetas, sin duda era una de las más grandes de Centroamérica, los papeles sobre dos grandes mesas con propuestas oficiales a nivel de proyecto y también sobre su escritorio. “Puede quedarse aquí el rato que quiera, Pedro”, dijo con una sonrisa de escepticismo, y pasó al salón vecino a atender una consulta que le formuló su asistente luego de saludarlos. Con las órbitas de los ojos de fuera, Molina comenzó a leer los títulos y a hojear los libros empastados de cuero que lo deslumbraron, casi todos de la primera edición, en cinco idiomas, francés, inglés, latín, español y alemán, empezando por La riqueza de las naciones, de Adam Smith, obras de David Ricardo, de Voltaire, dos volúmenes de los Viajes a Nueva España y América del Sur de Alejandro von Humboldt, libros de Jeremías Bentham, dedicados al amigo José del Valle firmados por el autor. Molina sufrió un golpe de efervescente placidez y su mente le dio vueltas al ver la colección de los veintitantos volúmenes de la Enciclopedie ou Diccionarie Raisonné des Sciences, des Arts et des Métiers arrebolado por un orgasmo intelectual de sublime conocimiento donde sintió que volaban en una espiral las obras de Diderot, del Código Civil de Napoleón, La Constitución de Cádiz, las dos empastadas en cuero de cabra, más otro tomos de mecánica y física, inclusive del Voltaire con Los principios de Newton…