En Guatemala existió la costumbre de nacer y morir en el pueblo sin haber hecho viaje alguno (salvo quizá una ida al mar, a la capital o romería a Esquipulas), porque la mayoría nacía y moría en un entorno limitado, entre cerros, montañas y volcanes, y se recibía con alegría a los extranjeros que llegaban con novedades, a los circos de estación, admirando a los aventureros que retornaban después de una vida de marinos, soldados o huyendo para evadir la ley o por persecución política, que regresaban enriquecidos o taciturnos. Lo común en las ciudades era guardar en la memoria y apellidos la historia de un ancestro inmigrante que llegó sin nada adelante y nada atrás, con conocimientos que lo hicieron florecer, o con la mala suerte que lo echó al olvido. Fueron siglos de transcurrir sin mayores cambios, en amplios territorios despoblados, pero de repente el espacio se estrechó, y siguiendo a Darwin solo sobreviven los más fuertes o mejor dotados. Si una pareja formaba una familia numerosa, el apretacanuto contagiaba el deseo de partir a los que se sofocaban, y así volaron los valientes a otros horizontes en busca de oportunidad. La gente se va porque donde les tocó ya no se puede, como ha sucedido siempre.
A estas tierras nuestras llegaron inmigrantes con la ventaja del conocimiento, como cuentan los viajes de Simbad el Marino, donde tras naufragios y vicisitudes el viajero se salvaba por lo que sabía, y resultaba desposando a la hija del rey tras asombrar con la novedad de la silla de montar para los caballos. Ahora los migrantes se van por las mismas razones, buscando oportunidades y tierra fértil para prosperar, como los ejemplos del informático Luis von Ahn, que se marchó a brillar con las aplicaciones Duolingo y ReCaptcha, o Marcos Antil y muchos más. Pero lo común en la actual circunstancia de sobrepoblación es ofrecer las manos y la voluntad, y para ello están los coyotes que ayudan a los aventureros a pasar la frontera del norte hacia la tierra prometida.
Quienes se quieren ir se van, en ley o arriesgándose, no hay muros, barreras ni prohibiciones que detengan el flujo, porque todo se mueve, vienen unos y otros se van, porque donde no hay esperanza para unos hay oportunidad para otros.
La nueva estrategia de duplicar la persecución a los coyotes solo encarecerá el costo del viaje a los aventureros, o las olas se moverán a otros destinos, como España, donde ya se quejan de la presencia de latinoamericanos, olvidando que sus antepasados vinieron a hacer fortuna y morir en estos lares. La migración es inevitable, y en un mundo globalizado no es admisible creer que los países podrían ser jaulas como en el pasado. No somos bestias en engorde en corrales, y es sabido que el agua busca su nivel.