Aunque sabemos que no hay democracias perfectas, también sabemos cuándo identificar casos en los que se presume de ese título sin en realidad serlo.
La Cumbre de las Américas que se celebra en Los Ángeles encuentra al hemisferio fracturado y con la democracia en sala de intensivo en muchos países. Muy poco duró el entusiasmo que despertó la firma de la Carta Democrática en 2001, en la que los Estados de todo el continente se comprometieron a velar y respetar los principios y mecanismos democráticos.
En una buena cantidad de países del hemisferio lejos de profundizar en la institucionalidad democrática, se están produciendo regresiones que apuntan a borrar del mapa la división de poderes y los controles y contra pesos que son la esencia y espíritu del ejercicio del poder democrático.
El solo ejercicio del ritual electoral es instrumentalizado para autodenominarse democracia, pero ya en el ejercicio del poder resultan incómodos los controles independientes que son sometidos al dictado del gobernante de turno y sus aliados.
Los regímenes electorales que en una primera etapa de la transición a la democracia eran considerados un pilar fundamental a cuidar y sostener, cedieron a la corrupción y el chantaje de los poderes de turno, socavando la integridad electoral de los sistemas políticos.
Particularmente marcado es el deterioro en el llamado Triángulo del Norte de Centroamérica, donde convergen mezclas e híbridos de Estados cooptados, mafiosos y capturados por redes económicas ilícitas y élites de poder que se resisten a aceptar el nacimiento de instituciones fuertes e independientes y por lo tanto dispuestos a abortar de facto los esquemas democráticos de gobierno.
Si se pasara un examen a estos países basados en la Carta Democrática, ninguno de ellos lo pasaría. Ahora cada gobernante defiende su propio menjunje que llaman democracia, aunque no cumpla ninguno de los principios y mecanismos establecidos en la misma.
El llamado del presidente Biden, anfitrión de la IX Cumbre de las Américas, de trabajar en unidad solo con las democracias reales corre el riesgo de volverse un miniclub de países frente a una creciente mayoría de ellos que busca la comodidad de ejercer el poder autoritario con ropaje de democracia.