Al mismo tiempo, el sistema colonial ofrecía exención de tributos y servicio personal a los indígenas que permaneciesen sumisos; se abolían algunas penas infamantes… Cada año se celebraban actos para perpetuar la memoria de la conquista, se declaraba a los americanos iguales en derechos y privilegios a los habitantes de la Península; se les procuraba alucinar con una insignificante representación en las Cortes; y en especial a los guatemaltecos se les halagó con los títulos tan pomposos como humillantes de fidelísimos y muy leales vasallos, mientras la policía inquieta y desconfiada velaba sobre las menores acciones de los ciudadanos; se establecían tribunales de fidelidad, y la delación, el espionaje y otros procedimientos inquisitoriales se ponían en uso por todas partes. A favor de todas estas arterías y con promesas vagas de mejoras, cien veces repetidas, así fue en 1810 y 1812. Al finalizar se le aplaudió y vinieron las preguntas y respuestas. Luego le tocó el turno a Castilla y comenzó diciendo que los recientes actos revolucionarios ocurridos en Madrid en 1820 se debieron a una asonada militar al frente del coronel Riego Flores cuyos oficiales legalizaron de nuevo la Constitución de Cádiz de 1812 y obligaron Fernando VII a jurar sobre ella, anulando su poder. Ese año había sido firmada por representantes electos de España y sus colonias, cuando Napoleón ocupaba la mayor parte de su territorio, menos Cádiz, que se constituyó en un enclave democrático mientras el rey y el príncipe quedaron de rehenes en Francia y José I, hermano de Napoleón, tomó la Corona de España. Pero cuando Fernando VII asumió el trono en 1814 a la caída del emperador francés, vino el fiasco y se hizo rey absoluto hasta que, harto el pueblo y la oficialidad, se sublevaron a la cabeza del coronel Rafael del Riego en 1820, que obligó al rey a jurar la Constitución al tiempo que abolió la Inquisición que censuraba a los opositores o los llevaba a prisión, en la pugna que sostenía el liberalismo y el absolutismo. Por ello los presentes, que se consideraban liberales, querían apoyar al gobierno civil español, mientras otros decían que se había abierto una oportunidad para independizarse para no depender de una metrópoli lejana y forjar su propio destino. Molina trajo a colación que los Aycinena la quieren por igual, pero para alejarse del liberalismo español, aunque podría buscarse un justo medio a manera de consenso para ir adelante.
Luego Castilla presentó a Francisco Barrundia, diestro en filosofía, francés e inglés, partícipe de la conjura de Belén en 1814, para hablar de la demografía en el istmo; y empezó diciendo que vivían en el reino alrededor de 1 millón de habitantes y de ellos los naturales suman más de 650 mil; seguidos por 350 mil pardos, mulatos y castas, y 40 mil blancos, “que incluye a los que se tienen por tales, entre ellos, nosotros los criollos, que tenemos algo de mestizos desde la conquista”. Hay que advertir que entre los mestizos los hay de tipo cultural, que son los que han dejado a sus comunidades indígenas, y lo hay los que han sido producto de hibridación sanguínea entre españoles y naturales. Ambos grupos ahora son marginados por los blancos y los indígenas, aunque los pardos son todos servidores y forman un grupo de desplazados que viven en las ciudadelas o trabajan en las grandes fincas. Son parte de las castas que engloba también a los negros y mulatos y sus distintos cruces. Y como los híbridos viven en la ambigüedad legal es justo que eso termine. Añadió que el mestizo es más bien individualista mientras el indígena encuentra el poder en su comunidad donde echa raíces. De esa cuenta mientras el mestizo deambula y trabaja en las ciudades o el campo.