Desde hace más de tres décadas he escuchado un sinnúmero de propuestas, comunicados y otros documentos que abordan el “fortalecimiento de la institucionalidad”. Ese planteamiento estaba a tono con los enfoques de la época, donde ese propósito formaba parte de una especie de decálogo de condiciones básicas para el desarrollo del modelo democrático.
Algunos de los impulsores de esa narrativa son quienes hoy empujan la deteriorada institucionalidad pública a lo más hondo de las oscuridades. Así desnudan el verdadero sentido de su propuesta: en realidad han estado diciendo por décadas que su interés es la institucionalidad como su rehén, es decir, un conjunto articulado de medios para profundizar sus desmanes. Por tanto, nunca les ha interesado que esos engranajes respiren por cuenta propia, sean autónomos, actúen con independencia y se profesionalicen.
Interesa que sean rehenes, para mantener control de las decisiones, de lo que se geste desde esos espacios, y repercuta de manera pública para satisfacer agendas, deseos antes obscuros y hoy plenamente claros. Pero al mismo tiempo, “es necesario” que sean botines, para que los recursos satisfagan buena parte de las crecientes ansias de apropiarse de todo cuanto recurso público se trate.
La finalidad constante ha sido, y sigue siendo, que la institucionalidad pública sea precaria. El verdadero fortalecimiento requiere un diseño elaborado que permita su perdurabilidad en el tiempo, por encima de las coyunturas, de los intereses del momento, de los vaivenes originados por los cambios de gobierno. Por la carencia estructural de esa orientación (por diseño) la supuesta capacidad institucional nunca ha sido promovida en realidad, y, por el contrario, ha sido socavada a diferentes velocidades. Antes de manera lenta y en los últimos años a velocidad vertiginosa. Por tanto, si las instituciones son uno de los pilares claves del Estado, queda claro que este último también ha sido considerado como parte esencial del botín: la pieza mayor y por tanto necesario, aunque algunos insistan en la diatriba de su desaparición (cuestionado, pero siempre necesario).
El influyente pensador francés Jean Monnet planteó la siguiente idea: “Los hombres pasan, pero las instituciones quedan; nada se puede hacer sin las personas, pero nada subsiste sin instituciones”. Por estos lares la idea se ha planteado al revés: lo importante son las personas (el componente variable y transitorio), ya que lo permanente no crea los incentivos en corto que se “necesitan” para mantener constantemente aceitados los engranajes maliciosos que dominan, a sus anchas, los momentos como el actual.
Por lo anterior, queda claro que no interesa que las tales instituciones logren su completa maduración. Así como la transición democrática se convirtió en eterna y mucho de los construido fue en realidad débil, precario y sujeto a los retrocesos, de igual forma, los procesos de fortalecimiento de la institucionalidad han sido episodios donde la parafernalia dista de los resultados concretos. Se crean organismos y dependencias a más no poder, a las cuales se destinan incontables recursos, los cuales usualmente se van al caño. Es hora de no seguir invocando un discurso vacío e inoperante que solo sigue siendo útil a los interesados en atrapar y controlar todo a su paso. Aunque tarde nos hemos dado cuenta de sus verdaderos propósitos.