No nos engañemos más. Eso de hablar de democracia en estos dorados tiempos se acerca a una leyenda. Ha sufrido enorme desgaste y desprestigio. Tristemente, a nadie, o a casi nadie, le interesa. Además, el debate pareciera estar caducado: “¿Cómo rescatar la democracia?” se lee en muchos titulares, cuando lo que queda es reinventarla. Resignificarla. Rehacerla.
La mayoría vota y se va a su casa. Cierra puertas y ventanas. Luego pierde interés y fuerza para darle seguimiento a ese voto, para reclamar la burla de la que fue víctima por medio de imágenes, cancioncitas, discursos y ofrecimientos falsificados. Una vez escuché a un político afirmar descaradamente: “Lo que se ofrece en campaña es quimera”. Eufóricos reclamamos cuando un producto está pasado, cuando alguien se cuela en la cola de un banco, cuando sale un pelo en la sopa, cuando la pizza no llega a tiempo, cuando el internet se cae, cuando le ponen muy poco guacamol a la tostada, cuando no le echan granitos al atol, cuando no nos dan cabal el vuelto, cuando el semáforo se pone en verde y el de adelante no se mueve, cuando se va la luz, cuando un amor traiciona con el olvido. Pero cuando machucan, patean esa supuesta democracia nos quedamos en silencio (colectivos dormidos). Silencio: la reacción ante tanta oscuridad es exigua y la autoestima colectiva se ve cada vez más deteriorada.
Cuando todos sabemos que el descaro político está desabrochado.
Cuando sabemos que gobiernan “independentistas” totalitarios que terminan por aislarnos del mundo. Desleales nacionalistas que no ven más allá de sus largas y enormes narices sin olfato. Cuando la soberanía se vuelve tiranía. La democracia se vuelve cleptocracia, la justicia se vuelve venganza, la libertad se vuelve exilio. La burocracia aquí es corrupción. La educación aquí es discriminación. La verdad no es más que imaginario. Látigos de pobreza golpean una y otra vez frente al curioso silencio.
Los ciudadanos más conscientes se quedan alegando en redes, inmóviles, exhortos, fríos. Engavetados, viviendo un nuevo espectáculo de cuatro años desde una muy pequeña pantalla.
Esta realidad es todo, menos democrática. Mayoría de países de Centroamérica cayeron en Estados fracasados por las múltiples enfermedades que aquejan: corrupción, crimen organizado, mafias. Gobiernos autoritarios, déspotas y con ínfulas narcisistas, donde la globalización no tiene ingreso. Equivocada autoestima aislacionista. ¿Qué Estado tenemos? Uno mal llamado democrático, que mantiene latente la desigualdad, la pobreza, el hambre, la nula independencia de poderes, todos ellos elementos indispensables para concebirla. Y la violencia, que no hace más que expulsar masas hacia el norte.
Sí, no nos engañemos, hablar de democracia en estos tiempos suena a leyenda… Si queremos sobrevivir con dignidad colectiva, habrá que reinventarla. Rehacerla. (Como dice el dicho: pensar y actuar fuera de la caja).