Lo bueno de tocar fondo, es que ya no se puede caer más bajo, repetíamos antes, cada vez que nos mirábamos al borde del abismo. Los últimos años nos ha demostrado lo contrario: Siempre se puede ir más allá del tope si se vive en un país como el nuestro, especialista en burlar todo tipo de leyes, hasta las leyes de la física. Siempre habrá una montaña a punto de desmoronarse, un puente a punto de desplomarse, una carretera a punto de hundirse. ¿Cómo hemos podido seguir en pie? Es uno de esos misterios propios de las ciencias ocultas.
En más de seis décadas de vivir en este país, he visto de todo: montañas que cambian de lugar, ríos que se desbordan, pueblos que desaparecen… Los fenómenos son naturales, los desastres son humanos –me decía un amigo geofísico– y, por lo general, estos últimos se deben a la estupidez y a la corrupción de quienes nos gobiernan. Al menos esta enseñanza hemos sacado de la infinidad de calamidades a las que nos hemos enfrentado en los últimos tiempos.
En pocas palabras, la lluvia no tiene la culpa de que este sea un país malhecho. Los grandes constructores del futuro la cagaron o andaban en drogas cuando les encomendaron el trabajo. Más bien, se robaron el pisto, me dicen. Recuerdo aquel chiste idiota sobre Lucas García. El general fue a visitar un país extranjero y, cada vez que le mostraban un puente o una carretera, le recitaban al oído, casi en secreto, una cifra determinada: 100 o 200 millones, que era la cantidad con la que el gobernante se había beneficiado de la construcción de la obra. Cuando el presidente del lugar le devolvió la visita, Lucas lo condujo hacia un precipicio en donde no había nada, salvo un paisaje deteriorado. El visitante un tanto incomodo se le quedo viendo y el presidente guatemalteco, muy ufano, le señalo entonces el vacío y le dijo: “300 millones”.
Ya dije, es un chiste idiota, pero que ha envejecido muy poco y que funcionaría en la actualidad si le cambiamos el nombre al protagonista. Ahora este no solo puede ser presidente, sino también alcalde o diputado. Derrame de la riqueza (‘trickle-down’), como le llaman. La única manera de que la teoría de Will Rogers puede hacerse realidad, al menos en Guatemala, es mediante la corrupción. Si se enriquece hasta la saciedad el mero, mero, también es posible que se enriquezcan sus gatos, a base de mañas y carreteras mal hechas, por supuesto. “Efecto de chorreo”, una traducción que funciona mejor en estas épocas de lluvia.
Pero estábamos en el chascarrillo de Lucas, la sola diferencia es que ahora, si bien abunda la obra fantasma, hay otra que sí se construye, para efectos de visibilidad electoral, sobre todo, pero también porque, luego de la pandemia, parece ser la única manera de enriquecerse a costa del Estado. Hay puentes y carreteras que mal que bien existen, pero que no aguatan ni el primer invierno. Recuerden el Libramiento de Chimaltenango, la “megaobra” del gobierno pasado. En fin, vías que ya no libran del atraso, que ya no conducen al futuro, sino al desastre.