Tiempos difíciles.
Los Aguado tratan de sobrevivir lo mejor posible entre España franquista y Francia de la inmediata posguerra en plena crisis económica, todo ello hasta que circunstancias inesperadas les abren el cielo guatemalteco.
Veamos.
“Regresando a 1942 , mi madre, conmigo en brazos, fuimos condenadas, debido a su pertenencia con la ‘resistencia’, a ser recluidas en un campo de concentración. Los amigos nos ayudaron a escapar y tomamos de regreso con Salvador camino a la España de Franco, pasando parte de los Pirineos a pie.
Probablemente de ahí me viene mi afición por el café y el chocolate, pues era lo único que tenían para alimentarme. Nos instalamos y vivimos en Bilbao con nombres falsos y tengo chispazos de verme con unas lindas trencitas corriendo por los tejados del instituto donde enseñaban mis padres. Sin embargo, denunciados por españoles franquistas, tuvimos que
huir a París. Para entonces la Guerra Mundial había terminado hacía un par de años, pero tal era la penuria económica nuestra que mis vestidos me los proporcionaba la Cruz Roja Internacional y la Asociación de Cuáqueros, que tanto
ayudaron a la niñez en esos complicados y ásperos momentos.
Fue el momento en que casi toda la intelectualidad republicana española se vino a América. Unos a México, que colaboraron con la formación del Colegio de México; otros a Chile y Argentina; algunos a Venezuela. Mi padre y algunos otros fueron invitados a
venir a Guatemala. Solo mi padre se quedó. Era en Guatemala
la época liberal de Juan José Arévalo. ¡Al fin la libertad, para pensar, para moverse, para actuar, para hablar!
Los primeros años no fueron fáciles; mi padre daba clases en el Instituto Modelo y en La Preparatoria. Se incorporó en la Universidad de San Carlos y empezó su labor en la entonces inaugurada Facultad de Humanidades, a donde llevó todos los conocimientos que traía de Europa. Nuestros recursos económicos eran escasos, pero eso no importaba, ya que los tres, pues soy hija única, vivíamos alegres y satisfechos.
Mis estudios primarios y secundarios me ayudaron a transitar por todos los niveles sociales del país, desde la escuelita República de Cuba, la Escuela Dolores Bedoya, la
Casa Central, el Colegio Americano de Guatemala, el Colegio Belga; el Colegio de Sion, en Costa Rica, donde vivimos dos años, ya que mi padre fue invitado a formar Estudios Generales en esa universidad. De regreso a Guatemala proseguí estudiando en el Colegio Europeo, hasta el Instituto Belén. Eso colaboró
a que tuviera una perspectiva más amplia de los guatemaltecos y centroamericanos; y, sobre todo, a tratar de comprenderlos y entenderlos, y a formar parte de este país que tan noblemente nos había cobijado.
Mi padre era muy espiritual, pero era un librepensador, tolerante y respetuoso de todas las formas religiosas y de las diversas ideologías. Por la casa venían rabinos, curas, obispos, pastores, anarquistas, marxistas, demócratas, conservadores y
liberales. Todos eran bienvenidos y a todos respetábamos como nuestros amigos que eran. Aprendí así, y de una forma muy sutil y espontánea, a amar y respetar toda forma de humanidad y, sobre todo, lo que hay de individual y propio en cada ser humano”.
(Terminará…)