Un cambio de era en la región (III parte y final)

La Cumbre dejó un sabor de boca amargo para todos. Primero, porque el principal tema de discusión fue la inasistencia de varios de sus protagonistas, todo a raíz del llamado de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) de que o se invitaba a todos los países de la región o de lo contrario no asistía, a lo que varios presidentes le tomaron la palabra y decidieron no ir. Luego resultó poco característico de los EE. UU. dejarse amedrentar por esto y a pocos días de iniciar la cumbre tomar la decisión de relajar medidas bilaterales con Cuba, así como autorizar las licencias para que sus empresas regresen a operar en Venezuela. Dicha medida fue, como decimos en buen chapín, un chapuz que no logró revertir la decisión de AMLO y seguidores. 

Segundo, la Cumbre trató temas alejados de las prioridades de los países del hemisferio y se convirtió en otro esfuerzo multilateral, de esos cuyo guion es conocido y aburrido, como si se tratara de la enésima entrega de una película de Hollywood llena de efectos especiales incapaz de reinventarse o ser original. No es que no sean importantes, pero reflexionemos si esos son los temas que marcan hoy las agendas de los países de la región: cambio climático, democracia, salud y resiliencia, transformación digital. No digo que estos temas no son importantes, pero claramente no son las prioridades que los países del hemisferio occidental tienen en sus agendas políticas y de desarrollo. EE. UU., al contrario de lo que podía hacer hasta hace 20 años, fue incapaz de marcar una hoja de ruta que implicara acciones que los demás países de la región materialicen. Los temas centrales pueden y seguramente serán tratados al antojo de cada país, influyendo en sus indicadores con tal de alcanzar sus objetivos, cuando en realidad estén lejos de hacerlo. Es el gatopardismo en su máxima expresión.

Rápidamente fue olvidada la Cumbre debido a la histórica elección en Colombia del pasado domingo, donde por primera vez en su historia la izquierda llega al poder. Gustavo Petro y Francia Márquez fueron proclamados presidente y vicepresidenta colombianos, generando así un giro de países del hemisferio con gobiernos de izquierda más fuerte desde los años de Chávez y el socialismo del siglo XXI. La victoria de Gustavo Petro es un ejemplo más del estrepitoso fracaso de las clases políticas, económicas y sociales de derecha conservadora que por décadas, y en algunos casos siglos, no han logrado atender los problemas de fondo de nuestros países: seguridad, pobreza, economía y corrupción y ahora les cobran la factura. Queda ahora esperar a ver qué tipo de izquierda tendremos en la región, si una más dictatorial como la del tridente Cuba-Nicaragua-Venezuela, una mesiánica como la de AMLO (o como me parece a donde se dirige Honduras) o un progresismo populista como el de Argentina y Chile. 

Más allá de la victoria de Petro en Colombia, hay que analizar la derrota del uribismo, que si bien logró sacar a aquel país del abismo de la violencia y fragmentación social y territorial en que se encontraba, nunca logró entender los cambios y exigencias que el mundo exige desde hace poco más de una década. Estos cambios, sumados al malestar con las promesas de la globalización, más el papel de las nuevas generaciones, llevaron a los colombianos a decantarse por Petro, de profesión economista, que fue exguerrillero del grupo M-19, posteriormente miembro de la Cámara de Representantes, alcalde de Bogotá poco más de un año debido a su mala gestión (abril de 2014-diciembre de 2015) y desde el 2018 senador. La derecha conservadora en la región olvidó aquel lema de “no arreglar a menos que esté roto”, y gradualmente han dejado que todo se rompiera a su alrededor, y han pretendido arreglarlo con un discurso ideológico que se ha depreciado tanto como las criptomonedas. Sin una derecha con caras e ideas nuevas que apueste por enfrentar retos con acciones y no discursos, la izquierda seguirá avanzando en la región.

Aparte de la victoria de Petro, es posible que también veamos el regreso del fanfarrón de Lula da Silva en las elecciones de Brasil en octubre de este año. Bolsonaro, como el resto de conservadores, cayó víctima de su discurso, que terminó desnudando la incapacidad de su gobierno para lidiar con la pandemia del COVID-19, a la que se le sumó una severa inflación, que han terminado minando su mandato. Pero las bases populares brasileñas no olvidan los programas sociales de Lula, pero sí que bajo su gestión y la de su sucesora Dilma Rousseff se llevó a cabo el peor escándalo de corrupción de la región, y con su retorno pues nada está asegurado. Las grandes preguntas son: ¿Podrá la izquierda manejar una política económica estable? ¿Finalmente dejará la izquierda su espíritu antidemócrata y permitirá que florezcan instituciones demócratas? ¿Pondrán fin los nuevos gobiernos de izquierda a las dictaduras de Cuba-Nicaragua-Venezuela? En pocos meses lo sabremos.

@robertoantoniow

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Author: Maria Suarez