Las abuelitas decían que no hay mal que por bien no venga. En las universidades, desde antes de la pandemia del COVID-19 se había venido considerando la educación a distancia, como una alternativa para hacerla llegar a lugares y personas sin oportunidad de asistir a clases presenciales, utilizando para ello las bondades del internet. Como nos consta, no fue sino a partir de marzo del 2020, que todo se transformó de manera inesperada y vertiginosa.
La experiencia universal del aprendizaje en línea, forzada durante la pandemia, nos ha dejado una lección: es posible realizar muchísimas actividades sin presencialidad, pero esa relación también ha provocado la necesidad de que la educación se realice con una atención mucho más directa y personalizada.
Después de más de dos años de virtualidad, hemos podido experimentar que es posible acceder a un mundo sin fronteras, totalmente instantáneo e interconectado, que no reconoce barreras geográficas ni limitaciones, más que las que pueda imponernos el acceso a un móvil inteligente, a una laptop o a una computadora y el disponer de un buen servicio de internet.
Quienes acumulamos muchas décadas de vida, hemos sido testigos de que la velocidad del cambio se ha acelerado en forma vertiginosa, inmersos cada vez más en un contexto de transformación que abarca todos los órdenes societarios. Cada día que pasa, nos sentimos abrumados por un ambiente más volátil, complejo, ambiguo y de creciente incertidumbre.
Como saben, recientemente asumí como Rector de la Universidad InterNaciones. Por ello, les comparto algunas ideas sobre el modelo universitario, que debiera responder a nuestra realidad como país, que de por sí es única, diversa, multifacética y cambiante, pero al mismo tiempo debiera estar iluminado por una visión cosmopolita, universal, vinculada con el estado del arte de los conocimientos a nivel mundial, capaz de poner a disposición de nuestras realidades las mejores y más efectivas prácticas y soluciones con un enfoque glocal (global y local).
Desde la investigación y la docencia, debemos contribuir a formar profesionales científica y sólidamente preparados, pero, a la vez, profundamente humanos, comprometidos con la modernización, la innovación y la transformación, poniendo al ser humano en el centro del quehacer universitario, renovando constantemente la armonía entre el saber, el poder, el querer y el ser.
Nuestra respuesta universitaria debe procurar ser el resultado de un proceso continuado de contextualización, observación, reflexión, experimentación, reevaluación y constante confrontación crítica. Nuestras universidades están llamadas a convertirse en las precursoras del cambio, desde la formación de profesionales con excelencia en las diversas disciplinas del conocimiento, pero profundamente identificados con la verdad y valores que los comprometan con una conducta ética y ciudadana ejemplar.