El presidente perdió la razón

Alguien —que no le quiere nada— sopla al receptivo oído presidencial que ejercer la “política” exterior, embozado en su histriónica personalidad y en los patios del Imperio, le da figura de estadista y garbo continental. La OEA, por ejemplo. En donde —además— el Secretario General es compa. Se lo ha creído el presidente y supone le reconocerá la historia universal; algo así como reencarnación de Bolívar. Va por allí, repartiendo odios, rencores e insultos. No expone ideas. Alardea orgullosamente con bravatas. Al punto que su perorata sobre el informe de la CIDH fue transmitida en directo por televisión abierta. Se le veía grandilocuente. Desaforado. Como cuando confesó no querer ser recordado como un hijo de puta más. 

Tanto cree el presidente que pasará a la historia, más allá de la obvia cita de su periodo, que en discurso con olor de tabernáculo, frente a militantes fundamentalistas, afirmó que no le preocupa que le recordemos como dictador por “defender la libertad religiosa”. Ni lo habíamos pensado. Nunca le contratamos para ello. Las razones para considerarle amago de dictador son otras: su enfermizo afán de control del poder político. Así, su régimen, violando sus propias leyes, no elige Cortes. Prefirió coparlas. Lo mismo con el Congreso, ahora van por PDH. Hasta la Usac está en sus apetitos. Por eso sí le sepultará la historia. No por adalid de las libertades. En otra gracejada afirmó que “por defender la vida” tampoco le importa que le consideremos violador de los derechos humanos. Se equivoca. Se le señala violador de los derechos humanos, por encabezar un régimen que encarcela y persigue a indígenas que defienden su tierra y su hogar —como dice el himno nacional—, les envía prisioneros a pedido de empresas privadas. La policía acompaña desalojos de tierra, en donde se queman ranchos campesinos. Cuida la policía camiones de minera con dudoso cartel, mientras el pueblo desprotegido sufre extorsión y crimen. Además, es de público conocimiento —aunque usted testarudamente lo niegue— que se persigue fiscales y jueces honestos y se protege personajes corruptos. Es paradigmático el caso de la fiscal Virginia Laparra, detenida en bartolina. Ha utilizado usted el régimen de excepción para reprimir pueblos indígenas. 

Sí, perdió la razón, presidente. Ir a Washington a transmitir un discurso díscolo, dirigido a los pobres de Guatemala. Allá ni atención le pusieron. Acusar de extorsionistas a abogados de CIDH lo reflejó de cuerpo entero. De estadista nada. Vienen elecciones que su régimen podría transformar en parodia. Gracejada que no tolerará esta sociedad. 

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Author: Maria Suarez