Sobre todos los países de Centroamérica pesa un signo de interrogación incluso en Costa Rica y Panamá. Esto quiere decir que la situación política, económica o social o todas a la vez pueden descender rápidamente en un caos. Claro, en algunos países más que otros debido a la calidad de gobernabilidad de cada uno y esas son las diferencias entre una Guatemala, una Nicaragua y un Panamá, pero el signo de interrogación ahí está. Esto es algo que no le favorece a EE. UU., puesto que la ingobernabilidad generalizada en el istmo se traduce en más migración, crimen organizado y competencia geopolítica. El gran dilema es cómo prevenir, contener o prepararse ante estas posibles situaciones.
La norma siempre fue la visión del “patio trasero” o sea ser el área de mayor influencia geopolítica estadounidense, a tal punto de que nos convertimos prácticamente en ser extensiones del territorio de los EE. UU. sin ser estados libres asociados como Puerto Rico ni tampoco ser colonias, pero sí bajo una influencia cuasitotal de Washington D. C. En mi opinión esta situación ha venido transformándose desde inicios de este siglo debido al declive de la globalización económica como la conocimos durante los 90 del siglo pasado y a la crisis del sistema liberal internacional. Estas situaciones le han pasado una factura a EE. UU. que Joseph Nye logró prever en su libro del 2002 La paradoja del poder americano, en donde el autor discute por qué EE. UU. no podía seguir siendo una postura de “policía mundial” ante un mundo en transformación económica, pero también geopolítica. Esto quedó mucho más marcado con la obra de Robert Kaplan del 2012 La venganza de la geografía, que anunciaba una nueva geopolítica mundial que retaba directamente al sistema liberal internacional. Veinte años después de la obra de Nye y diez de la de Kaplan estos cambios se ven mucho más acelerados de lo previsto debido al ascenso de China ya no solo como un actor económico sino como un agresor geopolítico, a la pandemia del COVID-19 y ahora con la operación militar especial de Rusia en Ucrania.
La elección de Gustavo Petro, que si bien es un presidente recién electo, parece marcar la pérdida de EE. UU. de su principal socio sudamericano y uno de sus países “axiales” como Colombia. Mientras tanto el caso del istmo centroamericano es una película de terror si se analiza desde la clásica visión del “patio trasero”. Si bien Panamá logró cierta institucionalidad después de la intervención de EE. UU. en 1989 para sacar su extítere Manuel Noriega, no lo logró sin altos niveles de corrupción y que sigue operando como paraíso fiscal. Costa Rica enfrenta grandes retos económicos y si bien cuenta con mayor estabilidad, su presidente Rodrigo Chávez también debe enfrentar los retos que supone la vecindad con Nicaragua. Y es aquí mismo donde inicia el terror, porque el régimen dictatorial, intolerante y represivo de la pareja Ortega-Murillo sigue siendo una de las principales amenazas para la región. Se está mal con ellos pero lamentablemente hemos visto cómo el vacío de poder generado por la salida abrupta de un dictador puede llevar a una situación mucho peor como sucedió en Venezuela.
Luego el llamado Triángulo Norte, en donde parecemos estar más divididos a pesar de ser vecinos cercanos y socios históricos. Xiomara Castro sigue generando incertidumbre y con el tiempo esto preocupa, Nayib Bukele enfrenta un reto económico que puede poner en duda sus altísimos porcentajes de aceptación, pues el tiempo pasa y sus estados de excepción continúan y solo falta ver quién será su próximo enemigo después de las maras. No me sorprendería si son las agencias calificadoras de riesgo o el Fondo Monetario Internacional. Por último Guatemala, el otro gran aliado histórico de EE. UU. desde el golpe a Árbenz en 1954. La relación de estira y encoge que hemos llevado con EE. UU. ha sido tensa por decir lo menos y se ha debido tanto a bravuconadas de parte de nuestro gobierno, así como a una falta de visión y tacto de Washington en “abordar los problemas raíz de la migración irregular”. Aún así, en el contexto de la última entrega de la Lista Engel y los señalamientos en contra de funcionarios del sector justicia, de gobierno y empresarios de parte del Gobierno de EE. UU., la administración de Alejandro Giammattei le demuestra a Washington, con su viaje a Ucrania, que sigue siendo su gran socio en la región… a pesar de todo lo anterior. La visita, si bien simbólica pero clave, pues los símbolos son valiosos en política, le regresa la pelota a la cancha de EE. UU. para ver qué pesa más: si su agenda en la lucha contra la corrupción o el mantenimiento de quien se acaba de presentar como su último gran socio en la región. Con las elecciones generales ya a la vista en Guatemala y con la crisis del partido demócrata ante las elecciones de medio término, la visita le plantea un reto interesante a la administración de Joe Biden.
@robertoantoniow