Si nos ponemos serios, tal cual reclama Miguel Ángel Sandoval cuando habla de alianzas entre las izquierdas, la ciudadanía no tiene menos que concluir que en este país la democracia es un chistorete. No se eligen cortes ¿y qué? Se hace un fraude torpe y descarado en la Usac ¿y qué? Se manipula la elección al Constitucional ¿y qué? Se hace campaña anticipada, incluso entre chupe y chupe, ¿y qué? El presidente y colegas echan a perder millones de quetzales en vacunas vencidas y ni se inmutan. Carreteras y puentes caen y el presidente —luego de consulta con asesores— explica que es culpa de que pasa más agua y todos —refunfuñando— aceptamos tan científica opinión. La presidencia propone rebajar salario mínimo rural —vía acuerdo gubernativo. Embutido en salarios diferenciados— y lo exhibe como lucha contra la pobreza.
Los científicos sociales ya debaten si estamos en dictadura o en los prolegómenos. Esperaremos la conclusión. Sin embargo, mientras el ágora concluye y nos ilustra, continuamos en una burbuja circense y neblinosa. Los malabaristas de “altísimo” nivel visten tacuche y devienen designados o electos a látigo de domador de animales domésticos, son capaces de hacer piruetas de trapecio, eso sí, con red protectora, a cargo de una vigilante. En caso de dificultades para ganarse el puesto, acuden a magia negra. Regularmente a cargo de magos de toga y anillo de oro. El circo, como sabemos, tiene dueños. Nunca están en la función, gustan de la sombra para actuar, lejos de la chusma. De cuando en cuando advierten al público no aplaudir a artistas con sesgo ideológico, San Benito que ellos les cuelgan. Los dueños saben que el taquillero se roba algunos dineros de las entradas. Miran hacia otro lado. Ni siquiera piden cuota. Se conforman con pastar sus animales sin pagar por el agua, ni al pastor. El público ajeno al circo no tiene derecho de entrar a la función, solo critican sin fundamento y hasta promueven la intervención de circos más grandes. Así es la democracia en mi país, un circo con carpa raída. Tan cruel que muchos niños mueren de hambre y los que sobreviven no van a la escuela. Eso sí, los dueños cada año les obsequian media hora de luces pirotécnicas.
Esta pretensión de cuento negro expele pesadumbre. Resultó de husmear un informe de desarrollo humano que resume nuestra desgracia y ver la foto de “dirigentes” del país en alegórico traje negro. Sonriendo a una sociedad que les rechaza, aún sin expresarlo. Queda entonces el voto. Secreto y silencioso.